Tirón empresarial

Detrás del vistoso y por lo general aparatoso escenario en el que se desarrolla la vida política, hay también una actividad sumamente intensa que no cesa ni se detiene ni se interrumpe, que es el latido de la vida económica y, en especial, la actividad de las empresas, cuyas vicisitudes no siempre ocupan la atención que se merecen pero que siguen su curso. Uno de los termómetros más fidedignos de la salud del contexto empresarial es indudablemente la evolución del empleo, que por lo que estamos viendo desde hace un año va bastante bien, aunque todavía tiene mucho recorrido por delante para recuperar el pulso de sus mejores tiempos, es decir, cuando la tasa de paro baje por debajo del 20% de la población activa y se acerque al 7% de la población activa, que fue el nivel alcanzado por la economía española en sus mejores momentos del pasado ciclo expansivo.

Otro de los termómetros que aporta una sustanciosa y rica información sobre el estado en el que se encuentran y se mueven las empresas es el análisis trimestral que realiza la Central de Balances del Banco de España, un buen centro de diagnóstico en el que se mide la salud de las empresas y, por lo tanto, el estado de la parte básica de la economía, ya que la salud del sector empresarial resulta de vital importancia para que todo el engranaje de la economía funcione de forma adecuada. Si las empresas no obtienen beneficios, difícilmente el ciclo inversor puede gozar del impulso necesario para que derive en creación de empleo. Y esa dinámica que conduce desde el beneficio hasta la bonanza en el mercado laboral parece estar funcionando.

Los últimos datos que acaba de dar a conocer el regulador muestran los importantes pasos en la buena dirección que está dando el sector empresarial del país, tomando como base de análisis una muestra muy representativa del sector. En especial de las grandes empresas. Todavía hay luces y sombras en este diagnóstico, aunque por fijar la atención en la parte más positiva y prometedora, se atisban ya algunas cifras que sitúan al sector empresarial camino de sus mejores tiempos históricos, a finales de la década pasada.

Durante el periodo de los nueve primeros meses del año, el beneficio final de las empresas representó en 27% del valor añadido frente al 18,6% del mismo periodo del pasado año 2014. Este es un indicador de gran importancia porque refleja la capacidad que tienen las empresas para abordar proyectos de inversión y crecimiento. Otro indicador de importancia capital es la rentabilidad del activo neto, que se ha situado ya en el 4,4%, algo mejor que hace un año, el 4,3%. Y otro dato altamente significativo es la diferencia que existe entre la rentabilidad del activo neto y los costes de la deuda, que se ha situado ya este año en 1,4 puntos de interés frente a 0,9 puntos hace un año. Este diferencial dice que las empresas no deben tener miedo en endeudarse para invertir y crecer ya que son capaces de sacarle a su actividad un beneficio que permite amortizar sin problemas la financiación recibida. La enorme caída de los tipos de interés que se ha producido en los últimos meses ha llevado a niveles históricamente bajos el coste de la financiación empresarial, de forma que en la actualidad los gastos financieros medios representan el 3% del volumen del pasado frente a un 3,4% hace un año y porcentajes bastante superiores en etapas previas. Los costes financieros de las empresas españolas descendieron en los nueve primeros meses del año un 9,2% sobre el año antes, una caída que no se había visto en bastante tiempo.

Son cifras, solamente cifras, que desde su frialdad pueden abrir nuevas vías a la esperanza y al crecimiento de la economía, siempre que su continuidad se puede atisbar con cierto margen de optimismo. Revelan, en todo caso, que las bases para un crecimiento económico más firme y sostenido empiezan a estar bien asentadas.