La gestión de la crisis de VW

El enigma del fraude que ha protagonizado la multinacional alemana Volkswagen tardará, según todas las impresiones, bastante tiempo en quedar esclarecido, a pesar de que serán varios los Gobiernos de diversos países los que ya están abriendo sendas investigaciones m para tratar de llegar al fondo de la verdad. La dimisión, menos fulminante de lo que hubiera sido de esperar, de su primer ejecutivo, Martin Winterkom, supone la apertura de un proceso de depuración interna que será posiblemente muy cuantioso. Rodarán muchas cabezas en la cúpula de Volkswagen. En realidad, si la compañía quiere recuperar en alguna medida su alta reputación, una de sus principales señas de identidad hasta hace unos pocos días, esta catarsis interna resulta imprescindible para demostrar a la sociedad, a los Gobiernos y a los clientes que la corrección de rumbo en Volkswagen va en serio.

El arreglo de los desperfectos causados por este fraude, cuyas implicaciones más profundas aún se desconocen, se supone serán investigadas con la minuciosidad propia de la idiosincrasia característica de la personalidad teutona. No es sólo la reputación de Volkswagen la que está en juego. También lo están la de la industria alemana en su conjunto y la imagen de marca del propio país, en el que, entre otras cosas, los movimientos ecologistas han alcanzado un nivel de representación política que no tiene parangón en ningún otro país europeo.

El discurso medioambiental del que Alemania ha sido un estandarte desde hace varios lustros es una de las víctimas de este calamitoso asunto de mala gestión empresarial. Era difícil imaginar que precisamente en Alemania fuera a suceder un caso de tan flagrante violación del espíritu de defensa del medio ambiente y de los códigos ecologistas, que con tanto ardor han defendido los alemanes, con espíritu de auténticos pioneros. Este hecho, precisamente, hace pensar que la exigencia de responsabilidades va a ser especialmente dura y exigente en la propia Alemania. Ello forma parte de la necesaria corrección de conductas y de la recuperación de la buena imagen y del prestigio del país.

En el plano estrictamente industrial, el golpe parece haber sido bastante severo y posiblemente dejará huellas importantes y de cierta duración en la reputación industrial del país, lo que afectará muy posiblemente a las exportaciones. Las conductas que se han confabulado para producir un beneficio económico y empresarial ilegítimo no son exactamente una chapuza técnica e industrial. Más bien, ponen de relieve un intento de aprovechamiento de la más sofisticada tecnología al servicio de un fraude masivo. Una conducta no exenta de ingenuidad, ya que resulta prácticamente imposible que un caso como este no acabe llegando a un final previsible y desdichado para todos los implicados. Las trampas suelen ser poco rentables en el mundo industrial desarrollado. Mucho tendrá que bregar esta compañía, y los directivos que salgan de esta crisis como nuevos rectores de la empresa, para recuperar la buena imagen y también su capacidad de éxito comercial, algo que hasta ahora había acompañado a la marca Volkswagen camino de la cúspide mundial de la industria del motor. El previsible impacto negativo en las ventas costará revertirlo para recuperar la senda de la buena imagen y de los buenos resultados empresariales.

La empresa, en todo caso, se enfrenta a una ardua tarea en la que deberá poner a prueba sus mejores capacidades, incluida la financiera, ya que los costes del escándalo se suponen altos. Volkswagen es al día de hoy una empresa sólida y con un balance resistente y a prueba de crisis. Pero esta crisis que ahora se ha presentado de forma súbita someterá a una prueba muy dura la arquitectura financiera del coloco alemán.