Alemania, en el foco

La crisis griega ha entrado en una fase de menor protagonismo, pero los rescoldos del incendio posiblemente tarden bastante tiempo en extinguirse. Hay siempre una tendencia en este tipo de conflictos a señalar vencedores y vencidos. Desde luego, las simplificaciones en cuestiones de tanta enjundia son poco aceptables. Pero en el balance global de daños es justo reconocer que la reputación de bastantes protagonistas no ha salido bien parada. Hasta se podría llegar a decir que ha sido un desenlace, parece que momentáneo, en el que nadie parece haber ganado gran cosa.

Lo que más llama la atención, en todo caso, es el papel que se le está atribuyendo a Alemania y a sus actuales dirigentes en este momento, posiblemente histórico, para la Unión Europea. Los alemanes se han ganado, en la valoración de muchos europeos, y no sólo europeos del sur, una fama, una reputación, de gente intransigente, intolerante, despiadada incluso. Justo sería decir que Alemania es el país más solidario de la UE, el que más dinero aporta a las arcas comunes y el que más contribuye a corregir insuficiencias económicas y sociales en algunos de los Estados miembros.

Es una pena que en el balance de notoriedades, el papel solidario del Estado alemán, de la sociedad germana, con el resto de Europa y con la solidez del proyecto europeísta, esté quedando sumido en el olvido, cuando no en el menosprecio. No es justo y, sobre todo, no es respetuoso con las cifras, con la realidad. Carece del rigor exigible. No hay más que echar un vistazo a las grandes cifras que de forma continuada destila el organismo comunitario de estadística, Eurostat, para comprender el papel y la aportación germana a la construcción y al mantenimiento de los ideales europeos.

Ese papel le está valiendo, sin embargo, amargas críticas. No son nuevas, es decir, no sólo han surgido en el fragor del debate dialéctico con los negociadores griegos. Vienen de antes. Por no ir muy atrás conviene recordar el papel de aguafiestas que habitualmente se le endosa al Bundesbank, el banco central alemán, en permanente pendencia con el máximo responsable del BCE a causa de la defensa que los alemanes realizan a toda ultranza de la ortodoxia que, a su juicio, debe presidir las actuaciones del banco central de la zona euro.

A duras penas, Mario Draghi, el presidente (italiano) del BCE ha logrado sacar adelante las medidas de inyección monetaria y de liquidez que vienen aplicando, por cierto con bastante éxito, los japoneses y los americanos. Nunca ha contado Draghi con la simpatía de los rectores del Bundesbank, cuyo máximo responsable se sienta en la mesa del directorio que toma de decisiones del BCE. La ausencia de “química” entre Bundesbank y BCE no es un problema menor para la Unión Europea, además de ser un claro ejemplo de la difícil convivencia entre la Europa del norte y la del sur, con Francia ejerciendo un ambiguo papel, no siempre tan edificante como sería de desear teniendo en cuenta su moderada aportación a la caja común.

Europa se encuentra ahora, tras la salida a la luz de estas grandes discrepancias, en un momento delicado en el que debería pensar seriamente si se consuman los pasos que no se dieron en su momento (con la creación del euro, una operación que se ejecutó de forma incompleta, a falta de políticas presupuestarias y fiscales comunes) para consolidar un proyecto europeo común sobre bases aceptadas por todos o, por el contrario, se mantiene en la duda permanente, en la discrepancia sobre las grandes cuestiones.