Grecia, un poco más lejos

Dejar de pagar al Fondo Monetario Internacional (FMI) uno de los numerosos vencimientos a los que Grecia debe atender en los próximos meses y años no es un drama, pero es el primer paso de una importante deriva, que  coloca a este país en una dimensión internacional, no solamente europea, diferente a la que estábamos acostumbrados.    Grecia no es sólo un  socio en precario con la Eurozona, ahora   pasa también a formar parte del grupo de países, cerca de treinta, que a lo largo de los últimos años ha incumplido sus pagos financieros con el FMI.

Es probable que, de paso, su indisciplina cause algún que otro  disgusto al FMI, no sólo el del descuadre de sus cifras, sino el que afecta a sus reglas de funcionamiento, bastante anticuadas y que en este largo proceso de debate con Grecia ha  servido para reavivar las luchas internas, en especial ante el empuje de los países emergentes, que no acaban de entender cómo un país desarrollado, como Grecia, se convierte en incumplidor de obligaciones financieras cuando las necesidades de financiación de numerosos países con niveles de renta bastante inferiores a los de Grecia están respondiendo de forma cumplida a sus  compromisos financieros.

La regla de oro que ha  regido la vida del Fondo desde su creación, allá por los años 40 del pasado siglo (diciembre de 1945),  según la cual siempre debería ser un europeo el que rigiera los destinos de la entidad, puede estar a punto de  quebrar y ser objeto de una inmediata revisión, Máxime cuando China está desplegando toda su influencia para convertirse en el impulsor de un FMI alternativo para el mundo asiático. Esta misma semana, el Banco Asiático  de Inversión ha hecho acto de presencia y con ello recuerda al mundo económico global que la época del atlantismo  necesita una revisión compensatoria, ya que el Pacífico y sus innumerables economías  con un prometedor dinamismo  económico reclaman protagonismo.

En cuanto a Grecia, el hecho de que desde el año 2012 haya prácticamente desaparecido del listado de clientes más o menos solventes de la banca privada internacional y de los inversores particulares,  se complementa ahora  con esta insólita insolvencia, que contribuirá todavía más a  restar crédito a su imagen financiera. Hace ya unos pocos años que Grecia sólo recibe financiación de organismos internacionales  de carácter multilateral y la recibe debido a la  alta seguridad de que, de no ser así, sus incumplimientos le podrían arrastrar a una situación dramática.

Una mala imagen de la que tardará posiblemente mucho tiempo en recuperarse. En todo caso, la situación financiera de Grecia, por mucho que se den facilidades al país, pasa por una quita inevitable. No es razonable suponer que una deuda acumulada que representa cerca del 200% del PIB pueda  ser devuelta por muchas facilidades que se le otorguen al país y por modestos que sean los tipos de interés aplicables. Tras la quita de deuda privada ya realizada en la primavera del año 2012, Grecia se enfrenta ahora a una quita financiera de la deuda que tiene con los acreedores internacionales públicos. Una negociación delicada porque su ejemplo puede ser un precedente para otros muchos países que tienen menores posibilidades de devolución que  Grecia y que están haciendo frente a sus obligaciones financieras con importantes sacrificios.