Más fusiones para la banca

Todavía hay muchos bancos o, cuando menos, hay posibilidades de mejorar la eficacia del sector como tal si algunos de sus protagonistas unen sus fuerzas. Lo acaba de sugerir una voz tan autorizada como la del subgobernador del Banco de España, de modo que se supone que la entidad dará el visto bueno e incluso favorecerá los acercamientos que puedan producirse.

El punto de partida para las fusiones bancarias en España lo pone el propio estado de situación del sector, cuyos márgenes financieros (es decir, la fuente de ingresos de toda empresa bancaria) se están viendo condicionados por la larga etapa de tipos de interés bajo mínimos, lo que dificulta la obtención de beneficios porque donde no hay margen es difícil encontrar ganancias. Además, la competencia se ha endurecido y la demanda de créditos (que al fin y al cabo son la quintaesencia del negocio bancario, ya que de los ingresos que proporcionan los créditos se nutre el margen de las entidades bancarias) está lejos de resultar satisfactoria. Hay poca demanda y ello ha llevado a algunas entidades a lanzar agresivas campañas para estimular la demanda de financiación por parte de empresas y particulares. Por esta vía, el sector algo está consiguiendo, pero no es suficiente y quizás la propia dinámica de competencia acabe por erosionar aún más las difíciles expectativas de beneficio.

En España, los grandes bancos, sobre todo los dos grandes, han estado viviendo en los tres últimos años básicamente de sus negocios internacionales, es decir, de su actividad en economías emergentes como México o Brasil. En España, su cuenta de resultados regional ha presentado pérdidas. Los demás bancos tienen su negocio focalizado mayoritariamente en el mercado doméstico, en donde la atonía de la demanda de financiación es patente y en donde, por lo tanto, cuesta hacerse un hueco y generar beneficios. Por eso algunas entidades están buscando, a veces desesperadamente, un hueco en algún mercado externo. Banco Sabadell lo acaba de poner en marcha con su desembarco en el sexto banco británico, en cuyo desembarco se afana justo en estos momentos tras haber adquirido el TSB. Caixa lo estaba intentando con el portugués BPI, pero la operación no ha salido bien y ahora se dispone a salir de modo definitivo de esta entidad. Hay otros intentos en marcha. Los banqueros buscan diversificar su negocio de forma que no sólo dependan de lo que sucede en la economía española. Por eso vamos a ver algunas operaciones de apertura al exterior en los próximos meses.

Pero aún así hay espacio para que la docena de entidades de tamaño medio y pequeño que subsisten en el país tomen cartas en el asunto y vean las oportunidades de mejorar tamaño por la vía de alguna fusión. No sería descartable incluso alguna operación de consolidación en el sector a tres bandas, con tres entidades en juego. La invitación del Banco de España a llevar a cabo operaciones de este tipo ha caído como una invitación imperativa en algunas entidades, sobre todo algunos bancos recientemente reconvertidos y que hasta hace poco eran cajas de ahorros.

Uno de los ejes de una posible nueva fase de concentración bancaria en el sector podría venir de la mano de Bankia, en donde el Estado cuenta con una participación ampliamente mayoritaria y por lo tanto con capacidad de decisión. El propósito del Gobierno, y la condición impuesta por Bruselas en su momento para condicionar las importantes ayudas concedidas a esta entidad, era y es la de su privatización, ya iniciada tímidamente con una pequeña venta testimonial. El grueso del capital sigue en manos del Estado. Bankia, por su tamaño y su implantación, podría ser el motor de alguna integración futura.

Estos días se ha cruzado, por medio la sugerencia de algunos líderes sindicales e incluso de algunos políticos de la nueva hornada, de aprovechar el hecho de que el banco ya cuente con mayoría de capital público para hacer de él un instrumento de banca oficial, que impulse la concesión de créditos a pymes y familias en dificultades. Por desgracia, sólo la formulación del deseo entraña en sí mismo un severo peligro y un alto riesgo de viabilidad, ya que si el Estado va a tener un banco, se supone que dirigido y gestionado por políticos, cuyo objetivo sea el de dar crédito a quienes están en dificultades, mala va a ser su viabilidad financiera, lo que condenaría al fracaso una entidad concebida con semejantes propósitos, aparentemente bien intencionados. Realmente, eso es lo que hicieron muchas cajas de ahorros antes de que quebraran en años pasados. Repetir la experiencia no sería lo más adecuado en estos momentos en los que la economía está saliendo del bache con un sector financiero bastante saneado pero también con muchas experiencias a sus espaldas, que deberían blindarle por mucho tiempo frente a nuevas aventuras experimentales.