Llega Draghi con la manguera

The European Central Bank's new chief Ma

Este próximo lunes, el Banco Central Europeo (BCE) da comienzo a la tan esperada y anhelada  inyección de liquidez mediante la compra de títulos  públicos emitidos por los Estados de la Eurozona y también de algunos otros activos financieros que circulan por el mercado pertenecientes a otros emisores, públicos y privados. Para la zona euro es una experiencia inédita, aunque demasiado tardía, a juzgar por las  críticas que han vertido hacia la entidad emisora numerosos expertos y sobre todo políticos. Se le achaca al BCE su laxitud, su apatía, a la hora de  desarrollar una estrategia más activa para insuflar  flujos financieros a una economía, la europea,  que aún se encuentra en fase de convalecencia, por mucho que Alemania y España se encuentren en posición  algo más airosa que el  resto tras haber  dinamizado su actividad económica interna.

La salida al mercado abierto del BCE comprando títulos de deuda estatal, medida  largamente criticada por los más ortodoxos, en especial los alemanes de la órbita del Bundesbank, está no obstante generando efectos  directos desde hace ya  algunas semanas.  En concreto desde que se supo que el máximo responsable del BCE, el italiano Mario Draghi, tenía el visto bueno de la canciller germana Angela Merkel para poner en marcha una actividad que la Reserva Federal de EE.UU. ha realizado con amplio despliegue de medios hasta hace bien poco  pero que en Europa no tiene precedentes.

En previsión de una presión  novedosa sobre los títulos públicos en los mercados (compras de unos 60.000 millones de euros mensuales durante casi dos años), los  inversores están adquiriendo  títulos públicos con creciente insistencia. No debe ser ajeno a esta presión el hecho de que Alemania esté ya emitiendo bonos a 5 años de plazo con interés negativo y que diversas  operaciones de emisión de títulos públicos se hayan realizado a tipos  también negativos en las últimas semanas. España no ha logrado este tipo de colocaciones, pero las últimas salidas al mercado se han realizado a costes históricamente bajos  y en algunos casos muy cerca de niveles negativos. Los inversores de deuda  europea están en la actualidad pagando por tener en sus manos títulos de algunas economías sólidas, como Alemania, hecho verdaderamente insólito.

En el mercado español de  Deuda Pública, los tipos de interés de la actividad secundaria (es decir, los intercambios de bonos y obligaciones que se realizan entre los inversores de forma directa) han establecido este jueves mínimos históricos, llegando a cruzarse operaciones  con los bonos a 10 años de plazo claramente por debajo del 1,30%. Este nivel de intereses   ha permitido que la denominada prima de riesgo (el diferencial de tipos entre Alemania y España) se haya situado ya por debajo de los 100 puntos básicos, es decir, 1 punto de interés. La fiesta de la Deuda Pública, por lo tanto, ha comenzado en buena medida, como prólogo de la  actividad que vivirán los mercados a partir del lunes, con la presencia directa del BCE  adquiriendo  bonos y obligaciones de los Estados miembros de la Eurozona. A partir de ese momento,  el mayor o menor éxito de la operación dependerá de que  el crédito reaccione al alza, aunque la financiación casi  siempre es  cosa de dos, del que presta el dinero pero también  del que lo pide. Si no hay demanda solvente y no hay proyectos de inversión, los bancos seguirán sin prestar dinero, por mucha liquidez que les suministre el BCE.

Una de las virtudes que se le atribuyen de anteaño a esta inyección masiva de dinero es la potencial subida de la inflación y el abandono de la fase de casi deflación en que vivimos, de forma que  los precios se sitúen lo antes posible en niveles del 2% en tasa anual, lo que mostraría un mayor vigor de la actividad económica. Ese 2% es el nivel de precios que tiene establecido el BCE para su actuación en los mercados, una exigencia que lleva algún tiempo sin cumplir pero que en el último año  ha descarrilado de forma aún más  ostensible.  El retorno a tasas de inflación del 2%, en especial en la inflación subyacente (es decir, dejando de lado el efecto distorsionador de  los precios del petróleo), sería posiblemente la mejor señal del éxito de la nueva etapa de activismo monetario que está a punto de comenzar.