Programas en pie de guerra

Estamos en precampaña multielectoral y, como no podía ser menos, la exhibición de los programas de Gobierno ocupa a las organizaciones que concurren a las diversas citas previstas, todas las cuales culminaran con las elecciones generales a finales de año. Es, por lo tanto, un año lleno de “primarias”. Y el temario estrella de los diversos programas es indudablemente la economía, las ofertas que atañen al nivel de vida de los ciudadanos y en especial a las expectativas de empleo, de impuestos y de políticas “sociales”. La exhibición empieza, como era de esperar, este martes y miércoles con el duelo estelar entre los dos grandes protagonistas del bipartidismo gobernante, es decir, PP y PSOE, con diversos actores secundarios.

Pero casi a renglón seguido, incluso adelantándose días pasados, las dos grandes fuerzas que pretenden romper esa exclusiva del binomio histórico formado por PSOE y PP, están ya poniendo sobre la mesa sus propuestas. Podemos y Ciudadanos se han puesto manos a la obra para pergeñar sus propuestas económicas, en principio desde ópticas ideológicas bastante alejadas, con la particularidad de que en sus filas no hay políticos con experiencia acreditada anterior de Gobierno, a pesar de que han empezado a aparecer caras ilustres, economistas con buena reputación y experiencia generalmente académica.

Es el caso, por ejemplo, de Manuel Conthe, presidente de la CNMV años atrás, incrustado en la dirección de Ciudadanos, junto al catedrático Luis Garicano, de la siempre prestigiosa London School británica. Los dirigentes de Podemos han contado, desde hace ya algunos meses, con otros dos veteranos economistas, ambos del ámbito académico, Vicenç Navarro y Juan Torres. Este selecto grupo de expertos, los “Varufakis” españoles, se une a la dilatada nómina de economistas al servicio de los dos grandes partidos que han protagonizado los diversos Gobiernos de la democracia española.

Si algún reparo se le podría poner a este incipiente cartel de economistas es el de su escasa experiencia y sintonía con la vida económica real, con el mundo empresarial, que al fin y al cabo no es ningún factor contaminante, sino un entorno que es preciso conocer con vistas a una mejor gestión de la vida económica. A decir verdad, tampoco socialistas y populares han sido muy dados a poner a personajes con experiencia acreditada en la vida empresarial al frente de responsabilidades políticas relacionadas con la economía. Las excepciones, que las ha habido y las hay, han sido las menos. Y a veces se han echado en falta estas conexiones con la vida real. Gestionar lo público requiere casi siempre un tipo de conocimientos y una actitud que al fin y al cabo entienden poco de ideologías, ya que se trata de crear riqueza y empleo competitivo.

El temor existente en medios económicos, algo exacerbado en algunas instancias internacionales que ven similitudes excesivas y quizás inexistentes entre el caso español y el griego, se ha enfocado a las propuestas más bien utópicas de alguna de estas formaciones de nueva aparición, en especial Podemos. Es de esperar que el parecido entre Podemos y el griego Syriza sea a la hora de la verdad más testimonial que real.

Hay mucha gente que no acaba de explicarse qué beneficios ha podido obtener el líder de Podemos, Pablo Iglesias, apareciendo en un mitin en Grecia en el que prestó su apoyo expreso al líder de Syriza, cuando ya se veía que los griegos, maestros de la utopía y de la audacia dialéctica, se enfrentaban a un fracaso más que previsible, que dejaría bien clara la inviabilidad de las principales ofertas de su programa económico. El fracaso de Syriza en su pelea con Bruselas y con Alemania, diez meses antes de las elecciones generales en España, puede pasarle una costosa factura a Podemos si apuesta por seguir los mismos o similares pasos. En el caso de Podemos, sería también de agradecer que esta formación clarifique realmente sus relaciones con Venezuela y su sintonía con los modos de hacer de un Gobierno que ha perdido el norte, acosado por la tremenda crisis del petróleo. El “modelo venezolano” tiene muy poco que enseñar a nadie, desde luego mucho menos a una democracia madura como la española con una clase media bastante amplia y sólida.

Tras la resaca del caso griego, en España ha llegado el momento de presentar programas económicos más realistas y viables, que cuenten con menos dosis de utopía y más sentido de la realidad. Si eso es así, el actual proceso electoral, que previsiblemente va a desembocar en una exigencia de alianzas para garantizar la gobernabilidad del país y de algunas instancias autonómicas, no debería desestabilizar la saludable marcha de la economía española, que se ha convertido en un interesante ejemplo de que la sensatez y las adecuadas dosis de reformismo dan buenos resultados.