Toque a los dividendos

El Banco Central Europeo (BCE), responsable de la supervisión bancaria directa desde hace unas cuantas semanas, se ha encargado estos días de decirle a los bancos europeos (unos 130, los más importantes de la zona euro) que tengan mucho cuidado con el reparto de dividendos. La sugerencia es especialmente pertinente para la banca española, no porque esté mal, sino porque corre el riesgo de echar las campanas al vuelo ahora que el Banco de España ya no es el que tiene la última palabra en este asunto y, por lo tanto, dejan de estar en vigor las estrictas normas limitativas del dividendo (25% del beneficio neto) que estuvieron vigentes en los últimos años.

La autoridad bancaria europea ha querido lanzar una señal de alerta para que el sector financiero no se despache con una política insensata de remuneración a sus accionistas por el mero hecho de haber registrado un aprobado general, en algunos casos con notable e incluso sobresaliente, en los recientes exámenes de solvencia de las entidades bancarias. Los Estados de la Eurozona han tenido que destinar cifras ingentes de dinero para evitar que las crisis bancarias se llevaran por delante a algunas economías especialmente vulnerables. Y esa experiencia es deseable que no se repita.

La política de dividendos es, por ello, una de las prioridades con las que las nuevas autoridades de supervisión bancaria europeas afrontan el tratamiento de un sector que hoy por hoy, después de varios cientos de miles de millones de euros inyectados de dinero público, muestra un más que aceptable estado de salud, al que están ayudando desde hace unos meses la mejora del estado general de la economía y la creciente salud financiera de las empresas y las familias, clientes del crédito. Pero nada en esta vida es eterno y de lo que se trata es de promover entidades fuertes y bien capitalizadas que sean capaces de absorber los choques que en el futuro sufrirán las economías, como suele suceder de forma cíclica.

Para los bancos españoles, después de la fuerte inyección de capital que se ha desarrollado a causa de la crisis de algunas de las cajas de ahorros más importantes del país, las directrices sobre el reparto de dividendos han sido bastante imperativas en el pasado reciente. El Banco de España, que hasta ahora ejercía el papel de supervisor único de las entidades bancarias españolas, había establecido en su momento un límite al pago de dividendos del 25% del beneficio, lo que en términos financieros se conoce como pay out. Es decir, la parte del beneficio neto que cada año se destina a remunerar a los accionistas.

Este límite ha sido generalmente respetado ya que los bancos han recurrido a un artilugio consistente en pagar el dividendo con acciones de nueva emisión, lo que se conoce como scrip dividend. Los accionistas pueden optar entre cobrar en efectivo el dividendo o recibir acciones nuevas. La mayoría de los accionistas ha optado en estos dos últimos ejercicios por tomar acciones nuevas, renunciando de este modo al cobro de dinero efectivo, lo que genera en las entidades financieras un alivio de su tesorería y un aumento del capital, aunque para los accionistas este sistema tiene una ventaja relativa, ya que el pago en acciones nuevas implica una dilución del beneficio por acción. Es decir, el cobro de un beneficio decreciente en términos relativos.

Las entidades financieras han optado ya por acabar con este mecanismo y pasar de forma gradual al pago en efectivo como primer paso para abonar el dividendo totalmente en dinero contante y sonante. Y es este tránsito el que podría dejar paso a una desbandada alcista de los dividendos para congraciarse con los accionistas y fortalecer las cotizaciones y el valor en Bolsa. No parece que esta vaya a ser la tónica general, pero las autoridades bancarias se han apresurado a desaconsejar tal dispendio.