Grecia, de espaldas a los mercados

Los primeros pasos del nuevo Gobierno griego no han gustado nada a los medios económicos mientras los dirigentes políticos de la UE guardan un respetuoso silencio, aunque no ocultan su preocupación y desde luego mantienen firme su negativa a todo lo que implique incumplir los compromisos adquiridos y afrontar la tan cacareada quita de la deuda. Este miércoles, la Bolsa ateniense ha caído con estrépito, en especial las entidades financieras (el valor de algunos bancos ha perdido en un solo día una cuarta parte), mientras los indicadores de tipos de interés subían de forma considerable, por encima del 10% los bonos a diez años de plazo y subidas aún mayores en los de medio plazo. Con estos tipos de interés no hay economía que resista, máxime cuando se trata de una economía, como es la griega, altamente endeudada, muy sensible a cualquier oscilación del coste del dinero, por pequeña que sea.

Algo de contagio ha habido en el resto de la zona euro, ya que la Bolsa española ha retrocedido bajo la presión de los bancos y la prima de riesgo se ha vuelto a situar por encima de los 100 puntos básicos, aunque la de Grecia ha saltado por encima de los 1.000 puntos básicos. Hace ya algunas semanas que se venía anticipando la probable inestabilidad de los mercados como consecuencia de la reacción ante los primeros movimientos del Gobierno griego, que están respondiendo a las expectativas.

Decididamente, el nuevo Gobierno griego está haciendo honor a sus promesas, pero la respuesta de los agentes económicos está estrechamente relacionada con las negras perspectivas económicas que se le vaticinan al nuevo Ejecutivo griego comandado por radicales de izquierda con la ayuda de un partido nacionalista conservador. Una alianza bastante peculiar a la que se le asignan pocas posibilidades de supervivencia y continuidad.

En el plano económico, las medidas anunciadas por Alexis Tsipras, nuevo mandatario griego en cuanto líder del partido vencedor de las elecciones, el grupo Syriza, son ciertamente coherentes con lo prometido, pero difícilmente van a generar resultados en la dirección que sus autores proclaman. Ni la subida drástica del salario mínimo ni el frenazo al plan de privatizaciones ni los avisos de renegociación de la deuda externa con vista a una hipotética renuncia al cobro de una parte de la misma por parte de los acreedores, son decisiones que vayan a crear empleo a corto plazo ni a sacar a la economía de la situación cercana al estancamiento.

Los nuevos líderes griegos proclaman unas aspiraciones y dicen buscar unos objetivos, para cuya consecución implementan una serie de medidas que van justo en la dirección contraria a la que sería lógica. De momento, los despropósitos de sus planteamientos hechos públicos en los dos primeros días de su mandato no han hecho más que elevar el coste financiero de la deuda y, por lo tanto, dificultar el acceso de los agentes económicos al crédito y a la financiación. La situación de los cuatro principales bancos griegos se puede considerar casi dramática y sólo el oxígeno proporcionado por el Banco Central Europeo (BCE) les permitirá de momento aguantar, aunque las tasas de morosidad (impagados) que soportan estos bancos son ya muy elevadas y difícilmente les permitirán afrontar una política crediticia expansiva. Máxime teniendo en cuenta la impresionante fuga de capitales que se está detectando en los primeros momentos de la nueva gobernación del país.

Mientras sigue desgranando medidas poco recomendables para sacar al país de la crisis y facilitar la inversión y la creación de empleo, el nuevo Gobierno mide sus fuerzas para presentarse en Bruselas y abordar la negociación política para ver cómo encaja algunas de sus previsiones y, sobre todo, cómo encuentra algún tipo de apoyo en los organismos comunitarios, sin los cuales la viabilidad de la economía griega parece impensable. Esta negociación es la que determinará el verdadero alcance del experimento izquierdista de los nuevos dirigentes griegos.