El malabarismo de la crisis griega

Los mensajes lanzados desde diversas instancias a los nuevos dirigentes griegos, que se han apresurado a tomar posesión de sus cargos tras la extraña alianza que asegura la mayoría absoluta al nuevo primer ministro, han dejado de momento muy poco margen para las sorpresas. Tanto desde el Eurogrupo como desde el FMI como desde Bruselas y desde el Gobierno alemán y algún otro de la UE, le han dicho a Tsipras que no habrá quita de la deuda griega.

Es, desde luego, un punto de arranque en la inevitable negociación entre las partes, ya que los 210.000 millones de deuda financiada que Grecia ha ido acumulando en estos últimos años gracias a la benevolencia de los Gobiernos europeos (entre ellos el español, con unos 26.000 millones de aportación de difícil recuperación) sólo podrán ser devueltos con altas dosis de tolerancia. La aportación española, como ha recordado este lunes el ministro De Guindos, equivale al coste del seguro de desempleo español. Y España, con una tasa de paro del 23,7%, no está para hacer muchos regalos

Algunos analistas consideran que un tercio de la deuda pública del país heleno tendría que ser simplemente borrada de un plumazo mediante una generosa condonación, ya que la deuda actual en sencillamente insostenible. De los compromisos financieros de los que tiene que responder Grecia a corto plazo, unos 10.000 millones de euros en total, unos 4.500 millones corresponden a financiación del Fondo Monetario Internacional (FMI) y algo menos al Banco Central Europeo (BCE), Son las primeras citas financieras con los acreedores que deberá afrontar el nuevo Ejecutivo.

Cómo llegar a una solución de compromiso es ahora mismo la ingrata labor que tienen por delante tanto los nuevos dirigentes del país salidos de las recientes elecciones como las autoridades de la UE y hasta del FMI, es decir, la tan denostada troika, a la que Tsipras ha llenado de improperios durante su vibrante campaña electoral. La realidad es muy dura: Grecia tiene completamente cerrados los mercados y las posibles vías de financiación pasan por condiciones leoninas. Nadie quiere comprar deuda a corto plazo de este país, aunque nominalmente se estén manejando cifras de prima de riesgo de 800 puntos básicos y tipos de interés a 10 años en torno al 9%. Los bonos a corto plazo, 3 años, están por encima del 11%. Si la deuda ya es de por sí ingente, el coste de la misma es insoportable.

Grecia, por lo tanto, es un deudor que sólo puede sentarse a negociar con instituciones públicas y bajo condiciones políticas. Y ello siempre dentro de una gran dosis de generosidad por parte de los financiadores, lo que no permite entender bien el elevado grado de altanería con el que algunas veces se expresan los dirigentes griegos. Ahora que ha llegado la hora de la verdad es probable que el tono y el fondo de los mensajes se adapten algo mejor a las circunstancias. Se ha corrido el telón de final de función y empieza la verdadera búsqueda de soluciones, desde posiciones pragmáticas. Si entre los acreedores no se quiere oír hablar de quitas ni nada que se le parezca, a Grecia le habrá llegado el momento del realismo, pinchar esa burbuja en la que vive el país.

De todas formas, algo tendrán que hacer unos y otros para devolver a Grecia al grupo de países competitivos y capaces de afrontar la vía del crecimiento económico, sin el cual cualquier intento de buscar soluciones al problema de la deuda pública es utópico.