¿Qué tienen que ver España y Grecia?

¿Hay riesgo de que Europa descarrile? El resultado de las elecciones griegas puede dar paso a una compleja situación política en uno de los países más pequeños de la Eurozona (su PIB apenas representa el 2% del total), pero cuesta creer que vaya a convertirse en un test para la supervivencia del proyecto europeo. Otra cosa es que su fiebre populista y su actitud contestataria sean contagiosas, por ejemplo en España, aunque las circunstancias son bastante diferentes.

La convulsión política interna de Grecia es directamente proporcional a su calamitosa situación económica. Se le echa la culpa, personificada en la ‘troika’ (Comisión Europea, BE y FMI), de la crisis económica a la imposición de políticas de austeridad que se consideran fracasadas en este país. Es una afirmación que encierra posiblemente algo de verdad pero también mucho de ausencia de autocrítica. Desde su ingreso en la UE, Grecia ha disparado los gastos públicos al calor de las aportaciones comunitarias hasta el punto de que las transferencias sociales han pasado en pocos años de representar el 8% del PIB a más del 20% en los últimos años, mientras el empleo público se ha disparado desde los años 70 hasta la actualidad, multiplicándose por tres. En Grecia hay más de 750.000 empleados del sector público, un auténtico lujo para un país de 11 millones de habitantes.

Grecia ha vivido durante años de la generosidad y la subvención de los fondos europeos pero nada indica que sus dirigentes hayan sido capaces de revertir esas ayudas en la creación de una economía competitiva. No hay inversión extranjera capaz de acercarse a este hermoso país, ni siquiera en el sector turístico, una de sus piezas más valiosas, dada la privilegiada situación geográfica y por lo tanto climática de que disfruta. Ni siquiera ha sido capaz de preservar el carácter competitivo de sus astilleros, una de las pocas industrias que ha conocido un importante desarrollo gracias a la extensa tradición comercial y marítima del país. El turismo aporta unos 16 millones de visitantes anuales, en un país que cuenta con algo más de 11 millones de habitantes. Las cifras comparativas del sector turístico en España se traducen en 65 millones de turistas y unos 47 millones de habitantes.

Desde el punto de vista económico, su déficit público, resultado de una política fuertemente expansiva del gasto del Estado (el gasto público representa ya más del 52% del PIB, casi el doble que la media de los países líderes europeos) y una raquítica estructura recaudatoria, es una auténtica y perenne lacra, que ha situado la deuda pública en torno al 200% del PIB, una deuda que está en buena parte en manos de acreedores extranjeros. La devolución de esta ingente deuda se considera generalmente inviable, y menos aún con los tipos de interés a los que se está financiando el país en estos últimos años, que han convertido en una espiral endiablada su situación financiera.

No es fácil la solución del problema griego, llegue quien llegue al poder a la hora de la verdad. Una negociación con Bruselas es inevitable y una elevada tolerancia por parte de los principales acreedores (bancos privados inclusive) parece imprescindible. Posiblemente nadie en su sano juicio considera posible que Grecia pueda pagar con sus propios medios la ingente deuda que acumula, máxime en una economía que registra retrocesos continuados de su PIB desde hace siete años. Desde el año 2008, Grecia se encuentra en permanente estado de recesión y su PIB ha retrocedido en estos siete años en un 25%.

Resulta difícil argumentar que la solución a la crisis griega pueda ser un ejemplo a seguir por España o por cualquier otro país. Grecia y España se parecen ahora mismo bastante poco. Es por ello que sus recetas económicas sean de muy difícil aplicación en España. Grecia tiene la economía más regresiva de la zona euro, España la más próspera en crecimiento. Ambos países comparten ciertamente un problema, el de la elevada deuda pública, aunque la de Grecia es el doble (en términos relativos) que la española. La española se está financiando de tipos de interés medios en torno al 3% y cada vez más bajos, ya que las últimas emisiones se están colocando incluso cerca del 0%. La de Grecia soporta los tipos más altos de la zona euro, con la particularidad de que prácticamente no puede emitir a medio y menos aún a largo plazo.

El mensaje de los nuevos dirigentes griegos en contra de las medidas de austeridad llega en un momento en el que la Eurozona está remontando trabajosamente el vuelo y en el que, tras el anuncio de las medidas de apoyo del BCE, las reformas pendientes parecen en trance de acelerarse en algunos de los países más reacios. España ya ha anticipado algunas de estas reformas, aunque le quedan algunas más. Pero en los últimos meses, dos de las economías más reticentes, Francia e Italia, se han incorporado al nuevo espíritu reformista. No se entendería cómo Grecia va a caminar a partir de ahora en la dirección contraria, cuando las grandes economías de la Eurozona, sin excepción, están comprometidas con un nuevo espíritu reformista y más competitivo, que casa mal con los mensajes populistas que protagonizan los líderes emergentes griegos.