El BCE ya ha hecho lo suyo, incluso un poco más

Ha sido suficiente, incluso algo más de lo esperado. Es la respuesta más generalizada entre los expertos que han analizado a bote pronto las medidas anunciadas este jueves por el Banco Central Europeo.

Incluso el punto quizás más criticable, la cláusula de riesgos compartidos (que los bancos centrales de cada país carguen con el 80% del riesgo de impago de los activos que compre el BCE, que el resto lo afrontará el banco común de la Eurozona, es decir, el BCE), es incluso aceptable, ya que el Banco Central Europeo es un banco con ámbito de actuación supraestatal, es decir, difiere en lo sustancial de otros bancos centrales que han abierto esta vía de apoyo a la liquidez, como es el caso de la Reserva Federal americana o del Banco de Inglaterra. El BCE no tiene potestad sobre los Estados miembros de la UE, cuyas políticas presupuestarias y fiscales son casi absolutamente autónomas respecto del conjunto. Y esa es una diferencia sustancial. No se puede exigir que además de poner el dinero sin participar en la toma de decisiones, el BCE, encima, pague los platos rotos y financie los fracasos, cuando los haya.

El hecho de que se haya “mutualizado” solamente el 20% del volumen de recursos involucrados en esta magna operación monetaria se podría interpretar como un paso adelante muy importante en la formación y consolidación de la Unión Europea. Casi se puede decir que se trata de un paso histórico, aunque a la hora de la verdad, y dadas las características de los activos que se van a adquirir, el 20% es en realidad bastante menor, en torno a la mitad de riesgo real para el BCE.

Se pregunta casi todo el mundo a estas alturas si las medidas del BCE van a ser eficaces. Nadie podrá responder a esta pregunta a ciencia cierta, aunque resulta patente que el BCE sólo es responsable de una parcela de la regulación económica, la de ámbito monetario. La economía es un ecosistema plagado de actores y circunstancias. Los Gobiernos han podido presionar hasta la saciedad para que Mario Draghi, máximo responsable del BCE, pusiera el coste de la fiesta, pero hay otros muchos aspectos que corren de cuenta de los participantes.

Sin orientaciones más acertadas en el manejo de la política económica no será posible que la economía europea salga del marasmo. Hay competencias y parcelas de muy variado alcance que sólo pueden ser activadas y removidas por la voluntad de los Gobiernos y de los agentes económicos. En este amplio capítulo de tareas pendientes, algunos Gobiernos, como principalmente los de Francia e Italia, están señalizados como especialmente necesitados de actuaciones urgentes y de fondo. Francia, de hecho, ya parece estar en la vía para desarrollar esas políticas que favorezcan la competitividad, la inversión y el empleo. Italia también medita la forma y el momento más apropiado para llevarlas a cabo. No son, en todo caso, los únicos, sin olvidar el sempiterno enfermo europeo, Grecia, al que se le presta poca atención porque apenas representa el 2% del PIB de la zona pero ya se ha visto cómo su pequeñez no le impide expandir influjos negativos sobre todo el entramado europeo.

Las medidas del BCE abren una etapa de año y medio a la esperanza: la actividad debería resurgir, los Gobiernos tendrían que poner su cota de responsabilidad a funcionar y la inflación debería retomar su senda próxima al 2%, que es lo que tiene que vigilar el BCE, aunque las actuales circunstancias, con el precio de la energía anormalmente hundido, hacen inviable en la práctica ese objetivo. Con las medidas del BCE, el proyecto europeo ha dado un importante paso adelante, que los políticos tendrían que consolidar en el futuro, ya que las vías que abre de cooperación y responsabilidad y riesgos compartidos son una auténtica novedad en el curso de la unidad europea.