Año electoral y rumbo económico

Una de las precauciones que habrán de tener los analistas que formulan sus pronósticos sobre la economía española es el impacto que pueda tener la acumulación de citas electorales en la recuperación de la economía española. Conviene no confiar en exceso en las apariencias. Los retos políticos que se avecinan pueden tener una influencia decisiva en el rumbo económico. El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, se ha lanzado alegremente estas últimas fechas del año a cantar a los cuatro vientos las excelencias que ofrece la economía española en los últimos meses. Las cifras y datos que maneja Rajoy posiblemente no podrían ser calificados de exagerados, pero constituyen un cuadro algo optimista, al que la propia clase política (con el PP gobernando en numerosas Autonomías y en el Gobierno del Estado) podría asestar un duro golpe si los actuales gobernantes cometen errores de cálculo.

El principal riesgo es el de acelerar la máquina del gasto con la pretensión de forzar un poco más aún el ambiente de optimismo e incluso de euforia en la economía para tratar de contrarrestar los riesgos de pérdida de poder por parte del partido gobernante. Está claro que en el horizonte a medio plazo, es decir, de aquí a un año, la gobernabilidad del país puede verse sometida a duras pruebas. Rajoy ya ha empezado a manejar la hipótesis de una gran coalición cuya finalidad es la de cerrar el acceso al poder de un Gobierno populista, en el que el grupo Podemos tenga opciones claras de impulsar políticas que, aunque aún muy confusas y sometidas a numerosos cambios y rectificaciones, podrían implicar un giro importante en el rumbo de la economía. Un riesgo no menor es el derivado del contagio que esas promesas y fantasías con las que a veces nos abruman los nuevos políticos puedan tener en los partidos tradicionales, empujados a la tentación de mimetizar algunas ofertas con las que normalmente no comulgarían por temor a perder votos que consideran suyos.

España está viviendo un momento dulce, de adhesión generalizada de los mercados, los inversores internacionales, los organismos multilaterales (FMI,…), no sólo por las cifras (que reflejan aún aumentos de la actividad económica modestos y descensos muy insuficientes de la tasa de paro), sino por la corrección de las políticas económicas aplicadas, por su elevado grado de ortodoxia y por el aprobado general que han recibido de casi todos los observadores internacionales, que no se ahorran elogios a la estrategia de reformas aplicada por el Gobierno de Rajoy.

Esas alabanzas se han traducido en importantes flujos de inversión hacia España en los últimos meses y sobre todo en una disminución espectacular del riesgo país, es decir, de los tipos de interés aplicables tanto al endeudamiento público como al privado, así como del diferencial respecto a las economías consideradas como modélicas o punto de referencia en la Eurozona, como Alemania. En los últimos días, el diferencial de tipos de interés ha llegado incluso a situarse cerca de los 100 puntos básicos, es decir, nada que ver m con los sobrecostes que debía soportar la financiación española de cara sobre todo al exterior. Esos pasos en la buena dirección han sido bastante rápidos y parecen muy sólidos.

En suma, el país se ha ganado un importante crédito internacional que sería suicida dilapidar, de ahí la grave responsabilidad que tienen los políticos en la actual etapa de relevo generalizado que se avecina en los diversos estamentos políticos representativos del país, tanto en el ámbito del Gobierno de la nación (para noviembre próximo) como en los ámbitos territoriales (Autonomías). Que va a haber un parón en el impulso reformista que tan buenos resultados ha estado dando parece algo incuestionable. Que va a producirse un parón en la búsqueda de un mejor equilibrio presupuestario (tanto estatal como autonómico) para hacer más sostenible la deuda es, posiblemente, otro de los escenarios a los que habrá que plegarse como asunto inevitable en el año 2015. Pero tirar la casa por la ventana con un gasto desmedido y tirar por la borda los pasos dados hasta ahora en la buena dirección, son cosas que la clase dirigente debería someter a severa consideración.