EE.UU. crece como los emergentes

La economía de Estados Unidos ha crecido durante el tercer trimestre del año a ritmo de economía emergente, casi china. Un 5% se dice pronto, pero es el crecimiento del PIB de la mayor economía del mundo, con tasas de paro claramente inferiores al 6% y con una divisa que ha vuelto por sus fueros, ya que el dólar rebosa salud frente a las demás monedas del mundo, lo que no impide que las exportaciones estadounidenses sean uno de los principales motores del crecimiento del país.

Qué han hecho los estadounidenses para capitanear el crecimiento económico global a un ritmo casi trepidante es algo que tendríamos que estudiar con detenimiento, conocer las claves del aparente milagro, el de una economía madura, que en el año 2008 desencadenó una espiral de problemas monetarios y financieros que a muchos les recordaban las amargas vivencias del año 29, de las que ahora casi nada sabemos excepto por las novelas de John Steinbeck y alguno de sus contemporáneos.

Aquella crisis de las “subprime” ha quedado grabada en la mente de todos los economistas y políticos del mundo, ya que la exportación de aquel desastre sistémico afectó a todo el mundo, sumiendo a algunas zonas, sobre todo la Eurozona, en una crisis de doble cresta, o sea, una recesión de la que Europa salió por unos pocos meses para entrar en otra todavía peor. Seis años en los que el mundo ha bordeado el precipicio. De esa larga y prolongada crisis, con dos recesiones consecutivas, estamos empezando a salir ahora los europeos, aunque a punto ha estado la zona euro de entrar en una tercera fase de la misma crisis debido, sobre todo, a la falta de sintonía entre los principales países que integran la zona euro.

Lo cierto es que Estados Unidos se encuentra en situación casi de pleno empleo, con las exportaciones creciendo a toda vela, con un sector inmobiliario robustecido, con unas entidades financieras resucitadas (aunque sometidas a fuertes controles por parte de las autoridades e incluso a severas multas de miles de millones de dólares por realizar prácticas no toleradas, un aviso sin apenas contemplaciones para que el escándalo de Lehman Brothers no vuelva a repetirse), con una demanda interna creciendo a buen ritmo y sobre todo con las instituciones, tanto privadas como públicas, bastante aleccionadas para evitar caer en fallos como los del otoño del año 2008, cuando aquel 15 de septiembre sonaron todas las señales de alarma.

La Bolsa de Nueva York cayó un 40% en unos días, lo mismo que perdió el Ibex 35 a lo largo del año 2008. Los bancos centrales inyectaron al sistema financiero global más de 150.000 millones de dólares para contener la sangría que se estaba produciendo en los circuitos financieros y económicos internacionales. Estados Unidos aprendió posiblemente la lección y se ha arrepentido una y mil veces de haber dejado quebrar a Lehman, que se fue al fondo con un pasivo de 450.000 millones de dólares, una factura que luego se vio multiplicada y aumentada.

De forma especial, el papel de la Reserva Federal, el banco central estadounidense, comandado durante todos los años de la crisis por Ben Bernanke (ocho ejercicios, es decir, dos mandatos de cuatro años, hasta febrero del año 2013), ha sido crucial para manejar los hilos de la mayor economía del mundo. Casi dos años después de la marcha de Bernanke, y ya con la nueva responsable de la Fed al frente, Janet Yellen, el país ha cogido una velocidad de crucero que quizás conduzca este año 2014 a un crecimiento medio algo superior al 3%, ya que el 5% del tercer trimestre parece un pico de difícil consolidación. Para poner la locomotora a plena velocidad, la Reserva Federal ha demostrado sabiduría y acierto, como le están reconociendo de forma universal casi todos los analistas. Es un buen ejemplo que habría que estudiar con detalle y a ser posible imitar hasta donde sea posible. Los resultados le avalan.