El terreno adecuado para combatir a Podemos

Los dos grandes partidos políticos del país, y los que no siendo grandes según los resultados de las elecciones de hace tres años, tienen desde ahora un año justo para hacer algo más que un buen programa electoral. En los últimos meses ha aparecido en escena un nuevo contrincante, que parece contar con posibilidades reales de obtener un buen trozo del pastel parlamentario, condicionando la formación de la nueva mayoría que garantice la estabilidad de la gobernación del país. Ese recién llegado, Podemos, ha ganado rápidamente predicamento entre los electores básicamente mediante un hábil aprovechamiento de las extendidas frustraciones que existen en la sociedad española en relación no tanto con la marcha de la economía como con el comportamiento poco ejemplar de un segmento desgraciadamente demasiado amplio de la clase política. Los escándalos de corrupción han dado alas a las expectativas de voto de los recién llegados, más que otras cuestiones que suelen mencionarse como detonante de su impresionante puesta en escena.

La capacidad de respuesta y la reacción de los dos grandes partidos ante esta pérdida acelerada de cuota en la vida política (según reflejan las encuestas, aunque no tardaría en reflejar la aritmética parlamentaria como no se le ponga remedio) ha sido bastante decepcionante. Los dos últimos meses han sido desperdiciados tanto por el Gobierno como por el principal partido opositor en lanzar dardos académicos para tratar de desautorizar los postulados de Podemos, como si este grupo estuviera a punto de gobernar el país. El Gobierno de Rajoy cuenta con argumentos sólidos para cargarse de autoridad con el buen desenvolvimiento que la economía está teniendo en los últimos meses. Y en base a ese argumento ha forzado la máquina propagandística.

Los socialistas han tenido que utilizar lógicamente otra vía de autoridad, consistente en desarbolar en la medida de lo posibles las utopías que han lanzado los jóvenes de Podemos, aunque dicho sea de paso, los enunciados iniciales de los portavoces de este nuevo movimiento han sido poco a poco rectificados para dar paso a una posición más difusa, consistente en desmentir algunas de las primeras propuestas, algunas de ellas rayanas en la hilaridad, para reemplazarlas por propuestas aún poco definidas y llenas de ambigüedades.

Podemos, en su apresurada carrera hacia la notoriedad y hacia la búsqueda de un programa “serio”, se ha apresurado a cambiar el modelo de Venezuela (propuesto hace pocos meses como ideal para España, cuando irrumpió en escena el nuevo grupo) por el de Dinamarca, casi a desmentir su increíble propuesta de renta básica para todos los ciudadanos (¿quién trabajaría en España, si a todos nos da el Estado un sueldo?, se preguntan muchos) por una propuesta mucho más matizada que afectaría sólo a una pequeña parte de la población o a negar aquello de la no devolución de la Deuda Pública o la salida del euro, que lógicamente eran proposiciones bastante estrambóticas. Eso sí, para no hacer enmiendas a la totalidad, han respetado algunos matices de toda esta fraseología, para poder argumentar que se les había interpretado mal.

Lo que propone en materia económica la gente de Podemos no resiste mucho análisis. Es una mezcla de oportunismo, demagogia y falta de consistencia, teñidos por el olor del pensamiento utópico y con altas dosis de sectarismo. La cuestión, sin embargo, es que el fuerte ascendiente de Podemos entre la población no radica en el hipotético atractivo de sus propuestas (de las iniciales, de hace tres meses, ya no queda nada, las han cambiado incluso antes de gobernar, como suelen hacer otros), sino en el aprovechamiento de los errores de sus adversarios políticos, enfangados en el descrédito por motivos bien diferentes a los de sus argumentos económicos para mejorar los males del país.

Si Rajoy y el nuevo líder del socialismo español, Pedro Sánchez, creen que a estas alturas a los de Podemos les van a derrotar en el aprecio de los ciudadanos con los mecanismos que han utilizado en esos dos o tres últimos meses, quizás estén cometiendo un craso error. Ni una economía viento en popa (que por desgracia tampoco es la situación, aunque esté mejorando algo) ni un sofisticado debate académico sobre la ortodoxia de las propuestas del nuevo grupo político, van a restarles muchos votos a estos jóvenes recién llegados, la mayor parte de ellos sin historial alguno, ni para lo bueno ni para lo malo. Simplemente no han tenido tiempo ni oportunidades. Hace falta que los dos grandes partidos políticos aborden seriamente una tarea de limpieza y desintoxicación que les devuelva el crédito social y político perdido. El país está tan desmoralizado que no le importaría echarse en brazos de la utopía por una temporada.