Los riesgos que acechan a la economía

Los indicadores de la economía española han mostrado en las últimas semanas señales dispares, aunque todo parece indicar que la actividad económica se está levantando de forma gradual. Lo que no sabemos a ciencia cierta es el impacto que tendrá el clima político y anímico de la sociedad al contemplar, con predominio de la incredulidad tendiendo rápidamente al cabreo colectivo, el espectáculo diario de tanta gente desfilando hacia los Juzgados, bajo acusaciones de presunta corrupción. España se ha convertido, a la vuelta de unas pocas semanas, en un país ambivalente, que muestra síntomas esperanzadores de recuperación económica en coincidencia con un ambiente político corrosivo, que no sólo amenaza la estabilidad del sistema democrático, sino que es susceptible de causar serios problemas económicos.

Los grandes centros de opinión económica, los bancos de inversión y las instancias de poder de diversa índole no hacen más que observar de cerca, muy de cerca, el acontecer diario de la vida política española. Ya no importan tanto los indicadores económicos como el devenir de los asuntos públicos, los riesgos para la estabilidad política del país.

¿Puede un país en el que no se habla más que de corrupción y de inmoralidad generalizada en las esferas del poder político salir airoso de una crisis económica? Resulta difícil. Las encuestas de opinión hace ya algunos meses que están destilando la nueva dimensión de la crisis política que nos acecha, a un año vista de las elecciones legislativas, cuyo resultado previsible resulta cada día más inquietante porque no sólo parece haber saltado por los aires el bipartidismo (que mejor o peor, con altibajos, ha facilitado la gobernabilidad del país en los últimos lustros), sino que podríamos enfrentarnos a un país con serios problemas de gobernabilidad.

Esta sensación de incertidumbre política empieza a hacer mella en los medios económicos y empresariales. La circunstancia no es la más favorable ya que si algo necesita la economía española en estos momentos, aparte de estabilidad política, es inversión, la piedra sobre la que se construye siempre el futuro de toda economía, con la que se facilita la creación de empleo y se consolida la estabilidad del sistema. Inversión que no sólo ha de tener su origen en los agentes económicos domésticos sino en la importante inversión extranjera, que siempre ha jugado un destacado papel en el desenvolvimiento de la economía española.

Todo el dinero que ha entrado en España desde el exterior en los últimos meses procede de fondos especulativos que buscan hacer negocio con los despojos del stock inmobiliario del país y poco más. Sólo algunos sectores industriales (el del automóvil es la excepción positiva más destacada) han reforzado sus inversiones de cara a los próximos compromisos de crecimiento, pero la suma de todas estas inversiones queda muy lejos de los recursos financieros que se desparramaban por el país antes de la crisis, en la confianza de que este era un país en crecimiento. Por desgracia, esta sensación está ahora en entredicho, a pesar de los favorables dictámenes que están emitiendo algunos organismos internacionales sobre la eficacia y la buena hechura de las reformas económicas que este país ha logrado sacar adelante en los últimos años.

España y nuestro presente económico empiezan a ser observados, en suma, bajo el prisma preocupante que arroja el incierto futuro político del país. Dentro de un año o poco más, en España probablemente no habrá mayoría absoluta en el Congreso y, por lo tanto, el Gobierno tendrá que formarse a base de alianzas entre varios partidos, lo que restará agilidad a la toma de decisiones y, en el peor de los casos, deja abiertas importantes incógnitas sobre la orientación futura de la política económica.