El 40% no es inevitable

Ese 40% de posibilidades que, según los expertos del Fondo Monetario Internacional (FMI), tiene la Eurozona de entrar en recesión por tercera vez en seis años quizás se agrande o se mitigue en las próximas semanas. Y es ese riesgo el que está sacudiendo con intensidad y con bastante margen de error la actividad en los mercados financieros, en las Bolsas, en los mercados de Deuda Pública. Lo hemos visto a lo largo de las cuatro últimas semanas y, de modo especial, durante la que finalizó el viernes pasado. Una especie de fatalismo para instalado en los medios económicos y financieros europeos a pesar de que la resolución de los problemas que frenan a la economía europea parece bastante asequible y al alcance de la mano de los dirigentes europeos. Quizás baste con que se pongan de acuerdo para acometer una acción en común, con el riesgo de que si no lo hacen, el euro volverá a generar dudas existenciales, como hace tres o cuatro años.

Ya hay una amplia coincidencia entre los analistas de todas las latitudes en señalar que la base de la incertidumbre actual por la que atraviesan los mercados responde a tres cuestiones, que requieren una solución lo más inmediata posible. La primera, el desfallecimiento del espíritu reformista de dos países aquejados de crecimiento muy anémico e incluso de retroceso en su PIB, Francia e Italia. Las reformas de estos dos países se han convertido en el punto de partida para el renacimiento de la actividad económica en la Eurozona, no en vano son dos de las cuatro mayores economías de la zona, junto con España y lógicamente Alemania.

La segunda es la falta de cintura de los alemanes para abrir un nuevo ciclo económico en el que la austeridad a todo trance sea el santo y seña de la política económica europea, como ha sido justamente en algunos momentos del pasado, cuando con razón Alemania quería que algunos de sus socios comunitarios purgaran por sus graves errores en la época dorada del crecimiento económico. Ya hay muchos flecos borrados y recortados en las economías europeas, que han sido aplicados con gran coste social y político, pero a estas alturas ya no hay más remedio que conjugar la austeridad razonable (entendida como un uso lo más eficiente posible de los recursos públicos) con un impulso inversor y de aumento del gasto para evitar que las economías queden ancladas en insoportables tasas de paro durante tiempo más largo del razonable.

En esta tarea de cambio de turno, Alemania juega un papel esencial, no sólo a la hora de dinamizar su propia economía para hacer de verdadera locomotora del resto de la zona euro sino por su decisiva influencia en las instituciones comunitarias y en la fijación de objetivos presupuestarios y fiscales comunes a toda la zona. Alemania tendrá que enfrentarse, tarde o temprano, y mejor lo antes posible, a una flexibilización de las normas europeas de respeto a los principios de rancia ortodoxia que ha venido aplicando en el pasado.

La tercera coincidencia de los analistas y expertos es que el Banco Central Europeo (BCE) debería pasar de las palabras a los hechos cuanto antes, aunque sin perder de vista que los excesos de generación de liquidez que se le piden están también en la base de las fluctuaciones que están viviendo los mercados en las últimas semanas. Dinero no escasea en la Eurozona, más bien sobra. Lo que no hay es crédito suficiente ni inversión, porque falta el grado de confianza en los agentes económicos.