Boyer y el giro socialista

Miguel Boyer, fallecido este lunes a los 75 años de edad, fue posiblemente el representante más genuino de la socialdemocracia española. Su incrustación en el primer Gobierno de Felipe González tras las elecciones del 28 de octubre del año 1982, fue una decisión personal del líder socialista, que en los años previos a su llegada al poder había utilizado ampliamente los valiosos servicios del economista en su intento de acercamiento a la España del dinero, al mundo empresarial y de los negocios, a los que era preciso tranquilizar ante la inevitable llegada del PSOE al poder.

Boyer aportó al socialismo español no sólo esa proximidad al mundo de los negocios antes y después de la llegada del PSOE al poder sino un pragmatismo en la forma de ejecutar las grandes decisiones económicas (asumiendo gestos propios del liberalismo más tradicional) que permitió al PSOE gestionar una de las etapas más brillantes en lo económico de cuantas ha vivido este país. Bastaron tres años.

Ya se había encargado el propio Felipe de organizar una especie de crisis interna en el PSOE cuando, como primer paso de aquel acercamiento a la España conservadora y los poderes fácticos (con el inequívoco sello de identidad de Miguel Boyer), forzó una reforma facial del partido para eliminar la palabra “marxista” de sus textos oficiales. Franqueado aquel Rubicón ideológico, Boyer hizo prácticamente el resto. Su designación como titular de Economía fue lógica consecuencia del padrinazgo y la tutela que siempre mantuvo Boyer sobre la parcela económica del Gobierno e incluso del nuevo partido gobernante, a pesar de que Felipe González tuvo muchas veces serios problemas en mantener el equilibrio entre las dos almas del PSOE, la que personificaba Alfonso Guerra (con sólidos cimientos en el partido y en especial en el sindicato UGT) y la que, encarnada por Miguel Boyer, abría nuevos horizontes a los socialistas en toda Europa, de la mano de una visión más actualizada y pragmática de los postulados socialistas, a imagen y semejanza del camino transitado previamente por la socialdemocracia alemana, en la que Felipe González alimentó casi siempre sus acopios ideológicos.

No hay que olvidar que en aquellos años de difícil adopción de perfiles para los militantes socialistas, el debate entre el liberalismo más montaraz y el socialismo con rostro humano, como llegaron a definirlo algunos de sus líderes europeos, se estaba desarrollando en Europa con toda su crudeza. Era un debate de largo alcance. Margareth Thatcher gobernaba Inglaterra con mano de hierro y François Mitterrand había logrado arrebatar, por primera vez y tras años de agitación, la mayoría absoluta a la derecha francesa, lo que creyó darle cierta vitola de autoridad sobre sus correligionarios españoles, que a su vez alcanzaron el poder poco tiempo después, en medio de la oleada de nacionalizaciones en Francia y de algunas otras medidas generalmente cargadas de infantilismo.

Para asombro (no exento de reproches, que Felipe González nunca ha contado y que posiblemente algún día saldrán a la luz) de los líderes franceses, el Gobierno de González no sólo no entró en la dinámica de las nacionalizaciones de grandes empresas sino que (excepción hecha del temprano caso Rumasa, grupo expropiado para salvarle de la quiebra más que para cortarle las alas) estimuló en la medida de lo posible las privatizaciones e incluso las salidas a Bolsa de empresas necesitadas de la disciplina de mercado, que no eran pocas.

La mano de Miguel Boyer se adivinaba tras aquellos rasgos aparentemente sacrílegos, que alarmaron la conciencia de algunos políticos de la izquierda tradicional, tanto española como europea. Tanto es así que llegaron a calificar a Miguel Boyer como el más aventajado discípulo de la Thatcher. Su estancia al frente de la economía española duró apenas dos años y medio (dimitió en el verano del año 1985, tras presentar un “pliego de condiciones” bastante audaz en lo económico a su jefe de filas, que Felipe González dudó en adoptar. Pero dejó huella bastante profunda, además de facilitar el aterrizaje suave del socialismo en la España de la democracia recién estrenada.