La economía recobra la prioridad en la UE

La tercera recesión en el plazo de unos pocos años asoma en Europa. Ello no ha impedido que los líderes europeos se tomen el asunto con filosofía y sin muchos agobios aunque, al fin, ya han decidido convocar una reunión monográfica sobre la adopción de las medicinas necesarias para salir de la crisis que se desarrollará en Italia el 7 de octubre próximo.

Parece que no hay prisas, aunque la publicación esta pasada semana del dato de inflación en la Eurozona, cada vez más próximo a la deflación, ha fijado de nuevo las miradas en Mario Draghi, como si las actuaciones monetarias del BCE fueran lo único que puede devolver la alegría económica a la zona euro. El BCE tiene prevista una reunión rutinaria el jueves de esta semana, día 4 de septiembre, aunque las previsiones no son optimistas en cuanto a posibles movimientos del organismo regulador europeo. El BCE no quiere seguir de protagonista solitario y está empezando a impacientarse, urgiendo a los Gobiernos a tomar medidas.

Pero los últimos acontecimientos y datos están suscitando un cambio de opinión en algunos dirigentes europeos, a juzgar por sus declaraciones. El conflicto con Rusia no deja de empeorar (de hecho, sólo su prolongación en el tiempo ya constituye un serio perjuicio económico para la Eurozona) y la acumulación de sanciones económicas puede tener un impacto cada vez más negativo y visible en las economías europeas, a pesar del gradualismo con el que Alemania está actuando en su presión política. El hecho de que la UE haya optado por un político conservador polaco, Donald Tusk, como cabeza visible de la cúpula política de la organización, es todo un acontecimiento, por mucho que la política exterior haya sido encomendada a una política italiana del ala socialdemócrata, Federica Mogherini, más complaciente con la política de entendimiento con Moscú.

El arreglo de la economía se presenta, por lo tanto, como una prioridad en el calendario europeo, superando el manoseado debate sobre la austeridad. Existe, desde luego, la tentación de dejar todo el trabajo y la responsabilidad de esta ofensiva europea hacia el crecimiento en manos del banquero Draghi. Pero el interesado ya se ha anticipado días pasados, en su importante conferencia en Jackson Hole (Estados Unidos, en donde se reunieron, como todos los veranos, los banqueros centrales de todo el mundo) al señalar que las políticas de demanda, aquellas que inciden sobre el manejo de la liquidez y sobre la fluidez monetaria, no son suficientes para encarrilar los problemas de paralización que afronta la economía europea.

Entre otras cosas porque algunos de esos problemas son anteriores a la actual crisis de Ucrania y tienen más que ver con deficiencias en el funcionamiento estructural de la economía, como se ha dicho hasta la sociedad de España y como ahora se está repitiendo con insistencia en los casos de Francia e Italia, dos países tan enfermos en esto de la parálisis económica que no han tenido más remedio, casi sin que Bruselas les haya llamado la atención de forma específica, que dar un volantazo a sus estrategias económicas.

Draghi ha recordado oportunamente a los Gobiernos europeos, y en especial a los reticentes como Francia e Italia, que el saneamiento de la economía europea y la salida de la crisis depende no sólo de las novedosas medidas monetarias que ha prometido el BCE sino de planes muy ambiciosos en el plano fiscal y por supuesto en el de la estructura de las economías. El menú es, por lo tanto, variado y exigente y desde luego compete a los Gobiernos, que se han dado un plazo de poco más de un mes, hasta el 7 de octubre, para prepararse y presentarse con los deberes hechos.