El debate sobre la austeridad

La remodelación de Gobierno en Francia, con la defenestración de los tres ministros progres, entre ellos el de Economía (sustituido por un joven banquero), está abriendo una nueva fase en la historia del entendimiento entre los dos grandes de la Eurozona, Francia y Alemania. Abre también un apasionante debate sobre el papel del gasto público, la austeridad y el despilfarro en las economías centrales de la zona euro, cuestión en la que posiblemente Alemania lleva la delantera, no sólo porque haya asumido y ejercido el catecismo calvinista con mayor grado de aplicación, sino porque ha logrado superar la parte más difícil de esta crisis económica sin agudizar sus desequilibrios sociales y políticos internos, tentación a la que han sucumbido otros países, España sin ir más lejos. Pero también Francia e Italia, en donde la crispación política está reflejando la falta de una gestión eficiente de la crisis económica.

La crítica fácil de estos días dice que el presidente Hollande y su joven pupilo, es hispano Manuel Valls, se han entregado con armas y bagajes a los encantos de Angela Merkel, sucumbiendo a sus exigencias de austeridad. Es, desde luego, la crítica fácil, el manejo demagógico de un cambio de rumbo que tiene bastante más fondo del que aparenta. El propio Valls ha sido bien explícito al mencionar una de las exigencias que Bruselas le plantea a Paris, la de ajustar sus cuentas públicas a lo previsto en los acuerdos de estabilidad, que limitan al 3% del PIB el déficit anual tolerable. Valls ha dicho que Francia lleva 40 años viviendo por encima de sus posibilidades y que en la situación actual este estado de cosas deberá ser corregido..

Aquí el debate quizás no sea tanto el que se centra en la austeridad como el que debería tener como epicentro la cuestión del despilfarro, de someter a un análisis riguroso y serio, con la menor dosis de sectarismo radical, al gasto público, en donde tanto desde una óptica conservadora como desde un enfoque izquierdista habría mucho que corregir porque el sector público europeo en general y el de muchos países en particular no ha acometido un auténtico análisis de contenidos, sobre todo tras el adelgazamiento radical y drástico que se ha producido en los ingresos públicos desde la crisis para acá.

No es realista mantener las mismas estructuras de gasto que había en los años anteriores al inicio de la crisis. Las estructuras fiscales han sido incapaces de dar respuesta a los nuevos recursos, más menguados, que tienen las economías europeas. Y la consecuencia más directa de esta falta de respuesta ha sido el severo castigo que se le ha infligido a la clase media en casi todos los países ante el recurso generalmente fácil e injusto de echar mano de la escala de los impuestos sobre la Renta, para elevarlos allí en donde existe mayor potencial de recaudación y en donde el fenómeno del fraude es más difícil de ejercitar cuando se trata de defenderse ante la ofensiva invasiva del Estado.

La salida de la crisis en la zona euro pasa por someter a revisión las viejas estructuras de gasto, tarea en la que Francia e Italia posiblemente son los dos enfermos crónicos de más difícil curación en la Eurozona. Dijo bien el nuevo líder de la izquierda italiana, Renzi, cuando rechazó la venenosa sugerencia que la lanzó su compatriota Mario Draghi, de que Italia debería tomar buena nota e imitar a España para afrontar un buen calendario de reformas. Renzi contestó señalando que su modelo a imitar no es España, sino Alemania.

Por desgracia, el asunto se ha quedado en una frase más o menos ocurrente. Italia, al igual que Francia, los dos, se han convertido en los socios de la Eurozona más reticentes al cambio. Y eso está frenando el desenvolvimiento de la economía europea y los avances en el proyecto común. El cambio de Gobierno en Francia es una buena oportunidad para afrontar algunos de estos cambios y además abre la oportunidad de que el binomio Alemania-Francia, que históricamente ha marcado el rumbo en Europa en los últimos 50 años, tome de nuevo la iniciativa.