Draghi y Valls, manos a la obra

Draghi sigue teniendo tirón entre los inversores y los mercados. Sus cabalísticas   palabras en Jackson Hole  (Estados Unidos, en donde se ha celebrado la habitual reunión de cada año con presencia de los banqueros centrales)  este fin de semana, asegurando que va a tomar más medidas para  tratar de reanimar las economías europeas, han tenido credibilidad y calado y las Bolsas han reaccionado al alza.

El mensaje de Draghi ha tenido poco contenido y, como es habitual  en el banquero italiano, bastante intencionalidad,   abundando una vez más en ese estilo de predicador que hasta la fecha le ha dado resultados aceptables, aunque esta vez ha subrayado que algunos países deberán hacer de forma urgente las reformas que faciliten  una mayor competitividad a  las economías que flojean. Alusión, claro está, a Italia y a  Francia, cuya trayectoria económica no está siendo brillante,  lo que está frenando el avance de la Eurozona. Más que las palabras de Draghi, lo que  en estos momentos miran los inversores y los mercados es el cambio de rumbo en materia económica  al que se enfrentan, en medio de un delicado equilibrio político, Francia e Italia.

La casualidad ha querido que un día después de su sermón, la crisis, anidada desde el pasado mes de abril,  haya explotado en el Gobierno francés,  con la dimisión del Ejecutivo de este país ante la rebelión que está protagonizando un sector bastante representativo del socialismo francés, el ala más izquierdista, convertida en severa adversaria de la política de austeridad que propugna Angela Merkel.  Tres ministros disidentes han provocado la ruptura, entre ellos el titular de Economía, uno de los más críticos con la posición francesa de acatar las directrices económicas que patrocina Berlín.  El primer ministro francés, Manuel Valls, tiene una difícil papeleta con su nuevo Gobierno,  la de aplicar un severo plan de austeridad cuya finalidad es recortar el gasto público en unos 50.000 millones de euros en el conjunto de los tres próximos años al mismo tiempo que  cumple el límite presupuestario de déficit del 3% y trata de contener la escalada alcista del endeudamiento público, que ya supera el 94% del PIB.

Entre las medidas lanzadas en abril pasado por Valls destacan las congelaciones salariales del sector público y de los pensionistas así como incentivos a las empresas para estimular la creación de empleo abaratando los costes laborales. Un programa  de claro contenido conservador pero  que otros países  europeos ya han aplicado tiempo atrás y que ahora Francia no tiene más remedio que cumplir ante la presión de Bruselas y la evidencia de una economía  que no es capaz de crecer al ritmo deseado, sino que se encuentra en un preocupante estancamiento.

Las veleidades del Partido Socialista francés, que llegó al poder en la primavera del año 2012 tras la elección presidencial de Hollande y las legislativas de junio de ese mismo año en las que obtuvo mayoría absoluta  con un programa muy agresivo de cambios,   parecen a estas alturas superadas, aunque el coste político de este actual  cambio de rumbo no será  menor.  Estos  dos años de presidencia de Hollande han sido calamitosos para el país y han supuesto un importante descrédito político para los gobernantes que vencieron en las elecciones de hace dos años, barridos en la consulta más reciente por el centro derecha y por el partido de extrema derecha de Le Pen.  Francia tendrá que enfrentarse posiblemente a unas elecciones legislativas anticipadas dada la caída espectacular de la adhesión con que cuenta el Partido Socialista y, sobre todo, su  profunda división interna, que va a dificultar sobremanera la gobernabilidad del país.

Con Francia en situación altamente complicada, Italia es el otro  punto de fricción en la actual situación económica de la Eurozona. Los socialistas también tienen un importante desafío  a la hora de enderezar su política económica.