Brasil, Botín y las próximas elecciones

Brasil se encuentra en plena campaña electoral de cara a las elecciones presidenciales del próximo 5 de octubre, en las que la actual presidenta, Dilma Rousseff, marcha en cabeza en las encuestas con un margen aceptable de ventaja aunque insuficiente para obtener la victoria, lo que llevaría a una segunda vuelta tres semanas después, el 26 de octubre, en donde la presidencia se la disputan los dos candidatos más votados. La distancia entre los dos favoritos para esa segunda y definitiva ronda es bastante menor de lo que se esperaba, aunque sigue existiendo una ventaja clara de la presidenta Dilma. El anterior presidente de Brasil, Lula da Silva, es el principal animador de la contienda electoral como responsable de campaña en el partido de Dilma Rousseff. El candidato socialdemócrata, Aecio Neves, es un contrincante muy activo y cuenta con buena imagen en los medios económicos, sobre todo en el mundo de los negocios y entre las compañías multinacionales.

Brasil, séptima potencia económica mundial, es un país al que se le presta poca atención en España. Apenas sabemos de sus exportaciones futbolísticas a la Liga española. Pero algunas de las principales multinacionales de nuestro país, como Telefónica o el Santander, por citar a las dos de mayor relevancia, son empresas muy importantes en aquel mercado, en el que desarrollan actividades que superan incluso las que esas mismas compañías tienen en el mercado de origen, el español. Por su población, sus riquezas naturales (petróleo incluido, con relevante presencia de Repsol), la dimensión de su mercado y su papel político en Latinoamérica, Brasil es un país de primera importancia para los intereses españoles.

La entrada en escena del español Banco Santander a principios de esta semana ha causado un notable terremoto político. Una analista del banco emitió un informe de análisis de la situación económica de Brasil, que mostraba severas críticas a la línea de actuación del Gobierno de Dilma. Botín se ha encontrado ante un inesperado incidente que le ha causado notable incomodidad y que obliga a recordar cómo las empresas deben andarse con pies de plomo cuando se trata de emitir juicios de valor de índole política sobre el país en el que operan. Máxime cuando esto sucede en periodos electorales. Y más aún cuando el contenido del análisis realizado por una persona del banco era bastante crítico con la política económica que desarrolla el actual Gobierno del país.

Podía dar la impresión de que los intereses económicos españoles estaban inclinados hacia las tesis de un presidente alternativo que sea capaz de desarrollar políticas diferentes a las que está aplicando Dilma Rousseff. El análisis llega además en unos momentos, al margen de la inoportunidad política, en los que la economía de Brasil muestra síntomas de acusado deterioro, con caída en las previsiones de crecimiento, con pronósticos de subida del PIB de apenas el 1,2% cuando hace seis meses se manejaban datos mucho más optimistas, por encima del 2,3%. Entre los inversores internacionales ha cundido cierto pesimismo debido a la poca predisposición del Gobierno a realizar reformas mientras se multiplican los niveles de intervencionismo administrativo sobre la economía, en especial para sujetar el tipo de cambio del real y evitar un desbordamiento de la inflación y un deterioro mayor de la balanza de pagos con el exterior.

Algunos críticos centran por otro lado sus análisis en la inadecuada orientación de las relaciones exteriores del país, que está volcado en profundizar las relaciones con economías como Venezuela y Argentina, en vez de abrirse a otros flujos comerciales menos sesgados ideológicamente, tratando de sacar más partido a las relaciones con la Unión Europea o Estados Unidos y la misma China. La posibilidad de un cambio de Gobierno en Brasil abriría una etapa posiblemente muy distinta para las empresas españolas que allí operan. Las corrientes de capital hacia esta economía revisten una especial importancia ya que el potencial económico del país es muy considerable. Se entiende el nerviosismo de los actuales gobernantes ante las críticas, pero Brasil parece necesitar mayor audacia en sus reformas. Se lo están diciendo muchos analistas internos y foráneos.