El fantasma de la deflación

Desde hace casi un año, la tasa de inflación española se está moviendo en torno al 0%, con tres caídas de otros tantos meses en la zona negativa, en deflación. Es un panorama bastante insólito en la economía española y cuyas consecuencias son difíciles de adivinar, aunque por lo que estamos viendo, esta fase de inflación nula coincide con una etapa de florecimiento del consumo privado, que a su vez se ha convertido en el motor principal del crecimiento de la economía, del PIB. Y, a la postre, del empleo. Normalmente, la deflación sobreviene cuando una economía padece anemia, cuando hay escasa propensión al consumo privado y público, justo lo contrario de lo que sucede en la actualidad en el país. La economía española está registrando un tránsito bastante rápido desde tasas negativas en el PIB trimestral del 0,8% hace poco más de un año a tasas positivas del 0,6%, como se ha constatado en el segundo trimestre del año en curso. Es decir, un giro equivalente a un 1,5% de expansión, lo que no encaja bien con una economía en deflación. Parece que esta tiene un carácter más bien ocasional, no sistemático.

La inflación está registrando, en todo caso, vaivenes frecuentes, una especie de tobogán de subidas y bajadas, aunque siempre en un tono medio de moderación que permite alimentar cierta confianza entre consumidores e inversores. Los saltos en los precios obedecen, además, a productos que muestran por lo general oscilaciones frecuentes en su nivel de precios, como los alimentos o los derivados del petróleo, precios que están sometidos a oscilaciones importantes de la oferta.

Los precios alimenticios se están beneficiando en los últimos meses de una abundante oferta ya que algunas cosechas han sido bastante espléndidas, lo que posiblemente cambie de signo de cara a la próxima campaña, de cara a la cual existen algunas preocupaciones debido a la deficiente producción que van a presentar algunos productos. Desde el Gobierno se trata de transmitir la idea de que, aunque la deflación tiene efectos potenciales muy negativos sobre la economía, España no está en riesgo. Incluso a pesar de que, en los once últimos meses, la tasa anual de inflación ha estado en negativo en tres ocasiones dispersas.

Una deflación requiere una caída continuada de precios durante un periodo dilatado de tiempo, al menos un año. Y esa no parece ser la hipótesis más plausible, no sólo por los signos cambiantes que puede ofrecer el sector alimenticios, sino porque la presión de la demanda está siendo bastante acusada desde hace algunos meses. El PIB está creciendo de forma acelerada rumbo al 2%, es decir, muy lejos de las tasas de los últimos años de crisis. Y la demanda interna, tanto la de consumo como la de inversión, crece por encima del 1,5%. Hay, por lo tanto, presión en la economía y es de suponer que tarde o temprano los precios abandonen su pasividad de estos últimos meses para acercarse a ese objetivo medio a largo plazo que el Banco Central Europeo (BCE) debe perseguir con su política monetaria.

La actitud de las autoridades monetarias está orientada hacia ese objetivo del 2% de tasa de inflación, aunque los medios arbitrados hasta la fecha no lo hayan conseguido de forma plena y ni siquiera para el conjunto de la Eurozona, en donde España es una pieza del engranaje colectivo, no una economía aislada. La estrategia monetaria del BCE, además de mantener tipos de interés bajos a largo plazo, tiene por delante el compromiso de aumentar las inyecciones de liquidez, dotar de mayores recursos líquidos a los agentes financieros, los bancos, para que aumente el flujo del crédito y se pueda expandir la actividad económica. Esas medidas quizás empiecen a surtir efectos a partir del verano. En condiciones normales, la inflación debería normalizarse antes de que concluya el año, de forma que la parálisis de la economía no parece en principio una hipótesis probable.