Gran Bretaña vigila su burbuja inmobiliaria

Marck Carney, un canadiense fichado por el Banco de Inglaterra hace un año para tomar el relevo de Mervin King en calidad de gobernador de la institución, acaba de anunciar severas medidas para cortar de cuajo la incipiente burbuja financiera que temen caiga sobre Londres y algunas zonas del país, en donde los precios de lo inmobiliario han subido un 20% en apenas un año. Desde hace ya unos cuantos años, los misterios que guarda la actividad hipotecaria tienen muy asustados a los responsables de los bancos centrales en los países desarrollados. No en vano estamos todavía por salir de una profunda crisis, en cuyos orígenes ha estado la corrosiva crisis bancaria y financiera derivada del torpe y a veces fraudulento manejo de las variables hipotecarias, sobre un trasfondo de sobrevaloración excesiva de los bienes inmuebles. En España, la crisis del sector bancario ha tenido mucho que ver con la incontinencia crediticia en un importante segmento del sector financiero, las cajas de ahorros.

La fiebre inmobiliaria que vive Londres desde hace un año está empezando a escandalizar a bastantes analistas y desde luego a las autoridades. Carney, el banquero canadiense de importación, ha decidido estos días limitar con cierta severidad la concesión de créditos hipotecarios, de forma que los bancos no podrán conceder hipotecas de riesgo más allá del 15% de su cartera crediticia y además deberán limitar los préstamos a una cantidad equivalente a 4,5 veces los ingresos anuales del peticionario. Además, establecen un sistema de vigilancia estrecha de cara a la peor evolución de las condiciones económicas durante los próximos cinco años, en una especie de escenario de “estrés”, con hipótesis de empeoramiento de la situación económica, como se está ensayando ya con los bancos y que veremos de aquí a finales de año cómo se aplica a los 130 mayores bancos europeos.

El caso británico tiene su interés por diversas razones, una de ellas porque se trata de una de las primeras actuaciones que desarrolla el banco central británico bajo el mandato (iniciado el 1 de julio pasado) de Mark Carney. El banquero canadiense, de 48 años de edad, fue objeto de una rutilante contratación hace más de un año, cuando los máximos responsables de la entidad y del Gobierno decidieron contratar al “banquero más competente de su generación”, como ha sido calificado Carney de forma reiterada. Es la primera vez que un extranjero cube la plaza de máximo responsable del Bank of England (BoE) en sus 320 años de historia, lo que ya dice por sí sólo la alta estima que los británicos deben tener hacia este personaje.

La llegada de Carney al BoE se produjo en circunstancias insólitas, ya que su selección fue realizada mediante un anuncio en los periódicos. Al concurso se presentaron bastantes aspirantes, pero nadie sospechaba que uno de los candidatos iba a ser nada menos que el gobernador del Banco de Canadá, puesto en el que Carney estaba a punto de cesar porque había cumplido su etapa prevista. Carney había estado antes en Goldman Sachs. El salario no parece haberle hecho mucha mella en sus últimas decisiones a la hora de cambiar de trabajo, ya que no ha tenido inconveniente en dejar de lado los millones de dólares con los que estaba remunerado en el mayor banco de inversión del mundo para ir a un puesto del servicio público, primero en el Banco de Canadá y ahora en el BoE, en donde percibe justamente un millón de euros menos unos pocos miles.

El experimento del Banco de Inglaterra tiene, por lo tanto, interés por partida doble, ver cómo dirige la mayor institución financiera pública un ciudadano extranjero que ha llegado precedido por una altísima reputación (Canadá ha sido el único país del G7 que ha salido razonablemente indemne de la crisis financiera) y comprobar la eficacia de sus medicinas en un terreno altamente sensible, como es el hipotecario. Carney parece que está causando buena impresión por lo hecho durante estos meses (cumple dentro de unos días el primer año al frente de la entidad pública), ya que la economía británica evoluciona bastante mejor que la europea de un tiempo a esta parte. Ni qué decir tiene que su fichaje en calidad de estrella del firmamento bancario puede sentar precedentes.

Curiosamente se estrenó en el cargo casi al mismo tiempo que Pep Guardiola al frente del Bayern. Los dos comparten una alta maestría en su faceta mediática. Los banqueros centrales están de un tiempo a esta parte asumiendo la necesidad de dotarse de buenas artes en el desempeño de las dotes comunicativas. Los banqueros centrales, desde el inefable Alan Greenspan (el banquero de la Reserva Federal americana) hasta nuestros días, son ya auténticos maestros de la comunicación. Y más les vale, porque su capacidad persuasiva suele incidir cada vez más en el PIB y en otras variables bastante serias.