La población, un bien escaso

La población española, que cada año es objeto de un minucioso análisis por parte del Instituto Nacional de Estadística (INE), presentó el pasado año las peores cifras de la crisis, reflejadas en el crecimiento vegetativo más bajo desde hace más de un decenio, con apenas 36.200 españoles más, es decir, la menor diferencia entre nacidos y fallecidos desde el año 2000. La crisis ha estado estrechando el saldo de españoles recién llegados. La propensión a la natalidad es cada vez más baja y las políticas de apoyo a la familia han sido, en el mejor de los casos, muy tímidas. Los cambios fiscales anunciados estos días no han fijado su atención en la necesidad de corregir este problema, cuando se trata de un asunto que va a tener implicaciones muy serias en el futuro de la economía y de la sociedad en general.

Este lento aumento de la población tendrá en el futuro consecuencias económicas poco saludables, entre otras cosas porque coincide con un aumento de la esperanza de vida y, por ello, un envejecimiento de la población, que se traduce en un mayor número de personas que viven del sistema de pensiones y que permanecen en él durante más tiempo, lo que se traduce en un ritmo creciente de los gastos del sistema en coincidencia con un crecimiento lento del número de cotizantes, es decir, de los ingresos. La evolución de la población española en estos años va a tener consecuencias bastante negativas a medio y largo plazo, con efectos que además tienden a incidir en la misma trayectoria de los últimos años en lo que atañe a la edad media de la población. La esperanza media de vida roza ya los 83 años.

El sistema de previsión social estará sometido a tensiones financieras cada vez más fuertes y su viabilidad exigirá por el camino notables ajustes, por mucho que los grupos políticos y sociales se nieguen a admitirlo y traten de alargar una y otra vez los retoques necesarios. Si estos se fueran adoptando de forma gradual, los momentos críticos del sistema serían menos dramáticos. A veces planteamos soluciones de futuro que tienen poco o ningún respaldo en un frío análisis de las cifras.

El año pasado, los 36.200 nuevos españoles se quedaron muy lejos de los 134.300 nuevos españoles (nacidos menos fallecidos) del año 2008. En relación al año 2012, el descenso ha sido nada menos que del 31%. El número decreciente de niños nacidos (cinco años bajando) es uno de los factores que explican esta situación, ya que los nacimientos se cifraron en 425.400 el año pasado, un 18% menos que en el año histórico más alto de los últimos tiempos, el año 2008, en plena expansión de la economía, cuando nacieron casi 520.000 españoles.

Uno de los motivos de este descenso es la disminución de la inmigración, ya que las madres llegadas de más allá de nuestras fronteras solían tener una fecundidad bastante alta y, como las estadísticas muestran, bastante más prematura. Ahora, la inmigración está de capa caída e incluso hay retornos, por lo que uno de los motores de la natalidad española de estos últimos años se ha apagado o aporta bastante menos. Además, y posiblemente por efecto de la crisis, la maternidad se produce a una edad más tardía. Los expertos creen que muchas madres españolas están demorando más allá de lo habitual la edad para tener descendencia, lo que nos sitúa entre los países más tardíos de Europa en esta faceta.

La edad media de la maternidad en España ha subido hasta los 32,7 años en el caso de las madres españolas, aunque entre las extranjeras es tres años más baja, de 29,7 años. Aunque tenga un impacto difícil de evaluar de cara a la maternidad, otro factor que quizás esté influyendo es el retraso a la hora de formalizar el matrimonio, que ha subido hasta los 37 años en el caso de los hombres y de 34 años entre las mujeres.

En suma, un país más viejo, con menos niños y con menos trabajadores potenciales, máxime en un país al que le cuesta una enormidad crear puestos de trabajo para sostener el coste colectivo. Un problema que requeriría alguna reflexión serena y urgente.