Francia da un portazo industrial a Alemania

El Gobierno francés ha optado finalmente por dar entrada a los americanos de General Electric (GE) en el capital de Alstom y les ha dado con la puerta en las narices a sus socios europeos de la alemana Siemens. La decisión la ha adoptado el Gobierno francés a pesar de que Alstom es una empresa completamente privada, en la que el grupo Bouygues cuenta con un tercio del capital. Pero el Gobierno del socialista Hollande decidió desde el primer momento de las conversaciones asumir la dirección de estas como si fuese un accionista mayoritario.

Los desvelos europeístas, en cuya consecución tanto énfasis ponen los franceses cuando les interesa, se han quedado en aguas de borrajas. El espíritu de los “campeones nacionales”, que acuñó la propia Francia con sus empresas más señeras, sufre con este giro inesperado un duro golpe, sobre todo porque Francia ha contrariado nada menos que al gran patrón de la UE, Alemania, cuya emblemática Siemens optaba a sellar una alianza con sus colegas franceses para crear un gran grupo de fabricación de centrales eléctricas y en el segmento de las energías renovables. Los japoneses de Mitsubishi formarían parte de la alianza a tres bandas, en la que también entraba en juego la actividad de fabricación de material ferroviario y maquinaria de tracción, entre otras diversas producciones de bienes de equipo.

Un proyecto industrial, en suma, que estaba llamado a jugar un destacado papel en la industria internacional, aunque bajo el liderazgo indiscutible de la alemana Siemens. Será ahora la estadounidense General Electric, la primera empresa industrial del mundo con importantes ramificaciones en diversas áreas empresariales, la empresa que pilote la industria francesa de la energía, con sus preciadas centrales nucleares y un amplio abanico de bienes de equipo de importancia indudablemente estratégica.

Francia ha tratado de tapar en alguna medida la mala imagen de esta decisión, en la que el propio Gobierno se ha comprometido directamente amenazando a los nuevos socios americanos con ejercer una “vigilancia patriótica” sobre el desarrollo de la actividad de las nuevas empresas que se van a crear bajo el paraguas de esta alianza industrial. Había una gran expectación política por ver cómo el Gobierno francés, tras tomar cartas en el asunto, iba a encarrilar esta compleja y delicada negociación, en la que se jugaba bastante dinero (la inyección de capital por parte de General Electric ha sido bastante generosa, lo que le ha traído algún sinsabor este mismo lunes en Wall Street) además de la valoración que se esperaba por parte del Gobierno francés de la importancia y la solidez de sus lazos industriales con su colega alemán Siemens. La decisión adoptada por el Gobierno de París se ha enmascarado un poco mediante la toma de una participación directa del Estado francés en el capital de Alstom, del 20%, que le traspasa su principal accionista, el grupo Bouygues, socio maleable presente en un sinnúmero de operaciones en las que se ventilan habitualmente los intereses de Francia. Lo cierto es que ni siquiera con este 20% prácticamente arrancado por la fuerza a los accionistas privados de Alstom, el Gobierno francés podrá derivar o poner sordina a las innumerables críticas que le están lloviendo desde el otro lado de la frontera franco alemana, que se creía inexistente, pero que a la hora de la verdad ha demostrado ser más infranqueable que el mismísimo Océano Atlántico.

La desafección francesa se produce en unos momentos especialmente delicados para las relaciones entre ambos países, en los que están en juego decisiones comunes bastante importantes, como la designación de la nueva Comisión Europea y sus componentes, además de un hipotético replanteamiento de las políticas económicas de la Eurozona, en el que los franceses están encabezando una posición díscola frente a Alemania.