El estrecho margen de la economía

Los mensajes que se escuchan estos últimos días sobre el futuro de la economía española son ambivalentes. Por un lado, los grupos políticos emergentes han cosechado una porción impresionante de votos, a costa de los dos partidos mayoritarios, con unos programas en los que rechazan las políticas de austeridad y las reformas al tiempo que exigen políticas más enérgicas de solidaridad que conducirían a un aumento imprevisible del gasto público.

En la acera opuesta, el FMI, los “hombres de negro” y hasta la patronal CEOE se han posicionado de forma clara en favor de planteamientos continuistas respecto al pasado: más consolidación fiscal, más austeridad, bajada de impuestos directos (tanto IRPF como Sociedades), más impuestos indirectos,… O sea, que no se detengan las reformas, que hasta ahora íbamos por el buen camino como nos dicen casi a diario los observadores internacionales de mayor peso y hasta la riada de inversores que está llegando últimamente al país, sin olvidar a las agencias de calificación de riesgos (S&P, la más reciente).

En medio, el Gobierno, cuya hoja de ruta tendría que experimentar una severa modificación en alguna de las dos direcciones, ya que si una lectura de los resultados electorales recientes invita a tomar en consideración algunas de las ideas de los sectores que más han avanzado en presencia electoral, otra lectura dice que por ese camino, contrario al de los últimos meses, no vamos a llegar a ninguna parte. Lo que no está claro es en cuál de las dos direcciones tendría que moverse Rajoy, aunque se supone que en la que busque consolidar el crecimiento de la economía.

Este Gobierno, conservador y básicamente en sintonía con la mayor parte de los colegas europeos, ha perdido muchos votos y parece lógico que aspire a recuperarlos. Es legítimo. Además, ya se ha anticipado a decirlo. Pero la mayoría social del país parece haber cambiado de forma muy sustancial en los dos últimos años, de forma que apostar de forma reiterada por las mismas fórmulas que en el pasado reciente puede enajenarle al Gobierno una mayor porción aún de adhesiones, es decir, puede perder todavía más votos y no recuperar los que se ha dejado en el camino desde que ganó las anteriores elecciones por mayoría absoluta. Y de alguna manera, el Gobierno de Rajoy está ya entrando en una larga recta final que conduce a las próximas elecciones generales.

El cálculo político con el que posiblemente trabaja el equipo gobernante es el de pisar al máximo el acelerador para que una economía en crecimiento logre distraer la atención de los votantes. Con crecimiento económico, muchos de los problemas tenderán a mitigarse seriamente: empezaría a crearse empleo de forma más consistente, aumentará el consumo, se reducirían los impagados, los déficits de la Seguridad Social y del Estado podrían verse recortados en alguna medida,…

Pero acelerar el paso en la economía no es nada fácil porque por muchos flancos aparecen los obstáculos. El Estado no tiene capacidad de aumentar el gasto de forma agresiva porque puede incurrir en más déficit público, que es lo que nos limita severamente, como nos recuerdan a cada paso tanto Bruselas como el FMI. Las empresas están demasiado endeudadas, al igual que el Estado y que los particulares, como para seguir aumentando la financiación ajena para invertir y crecer, motivo por el cual no hay apenas agentes económicos solventes dispuestos a invertir y a crear empleo. Una carrera alocada de expansión económica en base a un manejo agresivo de la política fiscal (que está por definir tras la propuesta de los “sabios”) encontrará impedimentos por todas partes, sobre todo porque la alimentación de una carrera expansionista debería venir de la mano de recortes generalizados de impuestos, lo que podría ser un auténtico suicidio.

Encontrar la varita mágica que logre meter a la economía española en una senda de crecimiento fuerte y sólido capaz de superar las reticencias de los sectores políticos más envalentonados es tarea casi imposible. Muchos aportan sus fórmulas y sus brillantes soluciones. La misión del FMI acaba de hacerlo en su visita de estos días, pero las proposiciones de los expertos del Fondo son difíciles de asumir por el Gobierno, que tiene un razonable espíritu de supervivencia.