Europa busca timonel

Los esfuerzos, meritorios posiblemente, que han realizado los dirigentes europeos en los últimos años por dotar a la Unión Europea y a algunas de sus instituciones, en especial al Parlamento Europeo, de un mayor predicamento entre la ciudadanía, no parecen haber dado grandes resultados. Si el grado de abstención a las elecciones europeas de estos días puede ser considerado como un termómetro válido para medir el interés público por las instituciones europeas, el resultado de aquellos esfuerzos no parece haber sido elevado.

En las próximas semanas se va a producir lo que tendría que ser el paso siguiente al proceso electoral vivido estos días, la elección de un nuevo colegio de comisarios, con un presidente de la Comisión Europea a la cabeza (cargo que viene desempeñando José Manuel Durao Barroso desde el otoño del año 2004 y para el que fue reelegido el septiembre del año 2009 tras el visto bueno del Parlamento Europeo por otros 5 años, que ahora llegan a su final) y con un nuevo equilibrio de fuerzas ya que desde el año 2009 han cambiado bastantes cosas no sólo en el Parlamento Europeo sino también en los Gobiernos que dirigen los destinos de los países europeos.

La nueva figura del presidente europeo va a ocupar presumiblemente todas las labores y quehaceres diplomáticos y políticos en el inmediato futuro, ya que su elección reflejará los nuevos equilibrios de poder que han surgido en las instituciones y Gobiernos de la UE en estos años de crisis, durante los cuales se ha echado en falta un mayor protagonismo del principal órgano ejecutivo de la Unión, la Comisión Europea. Sobre todo, más que un mayor protagonismo, quizás lo que se ha notado como mayor ausencia ha sido la existencia de un auténtico contrapoder o poder alternativo al liderazgo que está ejerciendo el Gobierno alemán en la inspiración y dirección de las políticas europeas, que no siempre han sido ni del agrado ni del interés de todos los socios, a algunos de los cuales (quizás Irlanda es el caso más lacerante) se les han impuesto políticas y decisiones que han acarreado importantes costes. Grecia, Portugal, Italia y hasta España podrían integrar la lista de damnificados.

Durao Barroso no ha sido un político enérgico y con criterios propios, capaces de imprimir a la UE un rumbo propio, diferenciado de los países que integran la organización. Este doble mandato de 10 años al frente de la Comisión Europea ha sido comparado con frecuencia, sobre todo durante los últimos años de crisis económica más exacerbada, con el que ejerció durante un importante periodo el francés Jacques Delors, cuya figura emergió sobre los Gobiernos del momento (entre 1985 y 1995 Delors dirigió con mano firme la Comisión Europea y acaban de cumplirse los 25 años de la aprobación del informe para la Unión Monetaria, del que salió el euro y el paso más decisivo de la UE en su camino hacia la unidad económica), convirtiendo a la Comisión en una institución de importancia decisiva y de influencia decisoria, aunque hay que reconocer que por entonces Europa contaba con líderes políticos de calidad histórica, tanto en Alemania como en Francia y también en España, que en aquellos años vivió además la fase de incorporación a la Comunidad Europea.

Un “segundo Delors” quizás sea mucho pedir en estos momentos, sobre todo porque Francia no parece en condiciones de ofrecer un personaje de tal envergadura. Se maneja el nombre del alemán Martin Schulz para el cargo por parte de la familia socialista, y con apoyo pleno de Delors, pero también está en la carrera, quizás con superiores posibilidades, el luxemburgués Jean-Claude Juncker, el líder del PP europeo, cuya familia política cuenta con una cierta ventaja a la hora de proponer al sucesor de Barroso. Ninguno de los dos parece en condiciones de protagonizar una ruptura radical con el pasado a la hora de presentar nuevas opciones económicas e institucionales para la Europa del próximo decenio, que buena falta harían. Pero sería deseable que la selección del nuevo presidente de la Comisión Europea cuente con un mayor y más amplio respaldo político y con una mayor transparencia en su proceso de elección. Y que tenga una cierta autonomía para dirigir esta complicada nave que es Europa.