Standard & Poor’s aleja el mal de ojo

Sería una sorpresa que la agencia de calificación de riesgos Standard & Poor’s, la más renombrada y fuerte de las tres agencias que califican a los países y a las empresas para alertar sobre su solvencia, no elevara al menos un escalón la nota que merece España en su nueva perspectiva económica. Se mire como se mire, de confirmarse esta subida, la imagen del Gobierno, en vísperas electorales, añadiría más crédito a su caché, en unas horas en la que los símbolos positivos hacia la economía española parecen multiplicarse por mucho que nos preocupe el alto nivel de deuda que ha acumulado el país en los últimos años.

La calificación española a largo plazo para la agencia S&P está en el décimo escalón de los posibles, en el último antes de entrar en la categoría de “bonos basura”. Ahí nos colocó en octubre del año 2012, cuando España parecía un caso difícil, si no imposible, aunque no tanto como para colocarnos directamente en el infierno. Desde entonces hemos vivido en el purgatorio, del que nos han ido sacando poco a poco los mercados, a base de recortar gradualmente los precios que nos ponían por dar crédito al país en forma de Deuda Pública. Llegaron a pedirnos el 7% a 10 años de plazo y este jueves nos han cobrado sólo un 2,988% de tipo marginal, todo un récord.

Con este coste tan bajo para las emisiones de deuda española, ¿qué más podemos pedir? Lo que decide ahora S&P no será más que una confirmación de lo que la realidad nos está adjudicando vía mercados. Hay muchas razones para que la agencia suba la nota española, entre otras cosas el hecho de que hace escasas fechas haya elevado la calificación de dos países, Marruecos y Rumanía, hasta el mismo nivel español (BBB-), tras sacarlos del segmento del “bono basura”. Parece lógico que, a renglón seguido de la elevación de estos dos respetables colegas, la calificación del Reino de España recupere un poco de altura.

La actual calificación española está en el décimo nivel de los posibles. La calificación más alta (AAA) la perdió España en el año 2009, un mes de enero, tras cinco años de estancia en la brillante posición de la triple A. S&P dijo entonces que las “debilidades estructurales” de la economía española ponían en riesgo el pago de la deuda. Desde aquella confortabilísima situación hasta octubre del año 2012, la calificación española ha retrocedido nueve escalones, todo ha ido cuesta abajo en nuestro prestigio internacional y en nuestra imagen de país serio y equilibrado. Los Gobiernos (en aquella época, con Zapatero al frente) no supieron adoptar las medidas necesarias para frenar el deterioro imparable de la economía y de las finanzas públicas. Les dio reparo iniciar una estrategia de austeridad fiscal y presupuestaria que habría causado perjuicios apreciables a la sociedad, pero casi nada en comparación con los que poco después hubo que afrontar y aplicar con urgencia, bajo la presión de nuestros socios europeos y hasta de EE.UU. (recuérdese la llamada telefónica del mismísimo Obama a Zapatero para que entrara en razón) y desde luego desde las profundidades de la crisis y con un coste social infinitamente superior.

El déficit del Estado se ha ido por las nubes y, sobre todo, el nivel de Deuda Pública ha pasado desde cotas inferiores al 40% del PIB hasta el 96% del PIB. Y sigue subiendo, sin perspectivas inmediatas de frenada en la escalada de la deuda.

Todo esto nos lleva a pensar que el retorno a las cumbres del prestigio internacional, si es que alguna vez volvemos a tenerlo, será lento y trabajoso, muy difícil, ya que hasta que el país no sea capaz de frenar la acumulación de deuda, será bastante difícil que recorramos la ascensión hacia los puestos que el país se merece por muy diversas consideraciones, entre otras porque así parecen exigirlo las importantes posiciones que han ido adquiriendo en estos años las empresas españolas de primera fila.