El ilusionismo del cuadro macro

Ya se sabe que los números lo aguantan todo. Puestos a dibujar el futuro de la economía española en un cuadro salpicado de cifras hipotéticas, el Gobierno nos ha deleitado  ayer, víspera del Primero de Mayo, fiesta del trabajo, con un cuadro macroeconómico cargado de ilusiones y esperanza, en el que  se proyectan las previsiones hasta el año 2017 inclusive, es decir, los dos últimos años de la legislatura de Rajoy y los dos primeros del que le suceda, si es que no repite mandato a resultas de lo que digan las urnas. La “foto” del año 2017 no puede ser más idílica, con un PIB creciendo a ritmo real del 3% y una tasa de paro por debajo del 20%, junto a un déficit público de apenas el 1,1% del PIB y un nivel de endeudamiento  público  en claro retroceso tras haber tocado el 100% del PIB durante el promedio de dos años.

Las cifras  son algo más que un ejercicio de  autoconvicción, son un muestrario de lo que el Gobierno en curso está convencido de  alcanzar si las cosas ruedan como se desea y si las políticas aplicadas consiguen los efectos deseados.  El cuadro de previsiones es también un señuelo que  mostrará a los dirigentes de  Bruselas, aunque en este caso los destinatarios de las cifras  van a ser bastante más exigentes, ya que querrán saber cómo se van a alcanzar estos espléndidos objetivos, que de cumplirse volverían a situar  a la economía española por encima de la Eurozona en tasas de crecimiento.  Es lógico que en Bruselas quieran saber cómo se consigue algo así, no sólo para verificar la validez de  las previsiones sino incluso  para aplicar la receta a otros colegas.

La hoja de ruta se completa con  una posible subida del nivel de empleo en unas 600.000 personas entre este año y el ejercicio 2015 junto a un recorte de 800.000 parados para  dejar la tasa de paro sobre la población activa en el 25% a finales del año 2015, aunque reconociendo que la población activa va a seguir en caída.

Cualquiera firmaría  ahora mismo  un horizonte  macroeconómico tan sonrosado, aunque es lógico que se  pregunte si ello será posible  aplicando las políticas de gestión económica que el Gobierno ha venido desarrollando en estos últimos meses. De entrada,  la credibilidad de este escenario  macro tan idílico deberá enfrentarse a algunas incertidumbres, empezando por la relacionada con la política fiscal, aún pendiente de definir y anunciar.

El Gobierno ha decidido anunciar   el cuadro de resultados finales  manteniendo oculta la forma en la que va a proyectar sus aspiraciones de cambio en amplios segmentos de la vida económica. El de los impuestos es pieza vital. En los datos que ha elaborado el Gobierno, se  proyecta una prometedora reforma del gasto público, que en el plazo de cuatro años debería  sufrir una amputación espectacular, nada menos que cuatro puntos del PIB, para recortar el gasto total desde  los actuales niveles del 44% del PIB hasta la cota del 40% del PIB.

Es una labor majestuosa aunque posiblemente cargada de voluntarismo, ya que el gasto público en España no ha podido ser reconducido en plena recesión,  más difícil será domesticarlo en una fase de creciente expansión económica, en la que la tasa de inversión tiene que pasar nada menos que de tasas de crecimiento del 0,5% este año al 6,7% de aumento dentro de cuatro años.  En el lado  opuesto, los ingresos apenas crecen y se estabilizan en el 39% del PIB. Así cuadran las cifras, pero alcanzarlas implica un esfuerzo sin precedentes en la contención del gasto  renunciando a incrementos  significativos de la recaudación, lo que puede tener buen pase políticamente hablando pero difícil digestión económica

En suma, las cifras son lo que son y pueden ser objeto de escenificación a medida de  las necesidades de  presentación. Hace falta saber que políticas se van a desarrollar para que esto sea algo más que un ejercicio de ilusionismo.