Un jarro de agua fría contra el triunfalismo

Decepcionantes. No hay adjetivos que puedan paliar la triste estadística del mercado de trabajo en los tres primeros meses del año, en los que se ha producido la destrucción de 216.400 empleos no agrícolas, una cifra que decididamente resulta poco soportable a estas alturas de la crisis y que, en todo caso, rompe dramáticamente el tono triunfalista del discurso económico oficial. En el primer trimestre apenas se crearon puestos de trabajo, sólo los 31.800 empleos en el sector agrario, fruto de una campaña oleícola que ha impactado positivamente en algunas provincias (Jaén sobre todo) gracias a una cosecha récord que no tiene parangón en la historia agrícola española, 1,7 millones de toneladas, el doble que la media de las campañas anteriores.

La madre naturaleza ha tenido a bien mitigar los desaires de la economía oficial. Aceite de oliva y turismo están siendo en estos últimos meses nuestra tabla de salvación, con el apoyo del vino, que también se mueve en cifras excelentes de cosecha. De no ser por la confluencia de estos tres frentes de la actividad económica, los tres venidos del cielo, y nunca mejor dicho, a estas alturas la situación económica sería asfixiante.

Dicho esto, parece claro que el Gobierno tiene que rehacer su discurso económico oficial para dotarlo de mayor coherencia o, por lo menos, de objetivos más realistas y constructivos. La industria sigue destruyendo empleo, el sector servicios no logra levantar cabeza y las cifras de empleo en el sector de la construcción no son más que el reflejo de un país paralizado, sin gasto público de inversión desde hace varios años pero que a medida que pasa el tiempo no dedica dinero ni a tapar los baches de las carreteras. La destrucción de empleo en el trimestre se ha concentrado exclusivamente en el sector privado, con cerca de 196.000 puestos de trabajo menos. El sector público, inasequible a la realidad, aumentó sus efectivos en 11.100 empleos nuevos, para alcanzar la cifra de casi 3 millones de personas.

No hay motores de empleo en la economía española. Sencillamente, desaparecieron hace seis años y nadie ha logrado activarlos desde entonces. El titular de Hacienda, Cristóbal Montoro, ha aprovechado una intervención pública hace unas horas para anunciar la convocatoria de un cierto número de plazas en la Administración para reforzar el aparato funcionarial. Es posible que haya espacios del ámbito público que necesitan algún que otro refuerzo, pero a los casi seis millones de parados que desearían optar a uno de esos empleos de por vida y a los miles de empresarios a los que les gustaría ampliar sus actividades les puede sonar a ironía esta convocatoria, que generará nuevas necesidades de impuestos para pagar nóminas públicas cuando todavía en el sector privado se destruye empleo en dosis excesivas y lo de pagar impuestos es un pesada carga, muy difícil de afrontar para la mayoría.

El empleo de cierta calidad, el que proporciona estabilidad social y ciertos márgenes de seguridad a la clase media, sigue cayendo a ritmo acelerado. Los parados de larga duración superan la cifra de 2,2 millones de personas, sin ingresos por prestaciones una vez transcurrido el periodo previsto sin encontrar empleo. Hay unas 400.000 familias a las que no les está entrando ni un euro y el número de hogares en los que todos sus integrantes están sin empleo no hace más que ir en aumento.

Tras los datos de la EPA, lo único que ha quedado patente, tras la cosecha de la aceituna y el regreso de la normalidad cotidiana, es que el país no parece haber salido todavía de la recesión y que el Gobierno algo tendrá que hacer, lejos de la parsimonia que tanto nos abruma. Lo idóneo sería, tras las elecciones europeas, un gran acuerdo nacional para superar la crisis, con algo así como una gran coalición de Gobierno o un acuerdo político de amplio espectro. El mal que padece España es de grueso calibre y requiere decisiones de calado y compromisos históricos, ya que la situación social a la que se encamina el país no tiene precedentes.