Un programa económico de empleo es urgente

Ahora que ya disponemos de la mayor parte de los datos sobre lo que ha sucedido en la economía española durante el pasado ejercicio, empieza el momento de valorar lo que se puede hacer (o se debería hacer) para que el crecimiento del PIB no se quede en ese modesto “cerca del 1%” que vaticinan casi con orgullo y autocomplacencia algunos representantes gubernamentales. Se ha dicho que con la reforma laboral, el umbral mínimo necesario para crear empleo en España es bastante más bajo que antes, cuando con crecimientos del PIB inferiores al 3% era prácticamente imposible crear nuevos puestos de trabajo. Pero volver a tasas del 3% es algo que se adivina lejano y superar el 1% de crecimiento, además de dejar el año 2014 casi en blanco en materia de creación de empleo, tampoco parece próximo.

Da la impresión de que el Gobierno de Rajoy considera que su trabajo a favor del resurgimiento de la economía se puede dar ya por concluido y que, de ahora en adelante, hay que esperar el impulso que nos pueda llegar del exterior. Lo lamentable es que con tasas de crecimiento del 1%, el desempleo en España va a seguir mostrando cifras que una sociedad moderna no puede asumir sin afrontar graves riesgos de desequilibrio social y político. Los organismos internacionales han insistido estas últimas semanas en la necesidad de una segunda vuelta en la reforma laboral. Si esta es la reforma económica más necesaria para el país y para el eficiente funcionamiento de la economía está por ver.

Pero lo que no resulta admisible es que el Gobierno en curso no afronte con energía un auténtico plan de relanzamiento económico que ofrezca una respuesta eficaz al desencanto prolongado y creciente de un amplio sector de la población, toda ella joven, que ni tiene horizontes laborales en lo inmediato ni confía en tenerlos de aquí a unos cuantos años. En estas condiciones, no sólo vamos a mantener la economía estancada o con lento crecimiento sino que la corrosión de un prolongado periodo de parálisis económica va a crear por sí misma una situación de parálisis de la que será difícil salir. Estamos viendo cómo la economía de Estados Unidos ha sido capaz de movilizar todo el ingenio de algunos de sus dirigentes para desarrollar una estrategia monetaria que está permitiendo al país crecer en estos momentos a tasas del 3% y hasta del 4%. Es ese activismo económico el que se echa en falta en nuestro caso, a pesar de que nuestro problema social de desocupación en mucho más grave que el estadounidense.

Quienes han hablado en el pasado reciente de que la economía de España podría haber entrado en una especie de círculo virtuoso no deben haber medido bien el alcance de su inoportuno optimismo. Hasta donde se puede intuir o pronosticar razonablemente, nadie se ha atrevido hasta el momento a pronosticar tasas de crecimiento económico verdaderamente saludables, capaces de dar satisfacción a una parte de ese 26% de la población activa que vegeta en las estadísticas oficiales y reales del desempleo.

Las señales de alarma social empiezan a ser cada vez más frecuentes y cada día suenan con mayor insistencia, mientras el Gobierno parece enfrascado en la complacencia y la clase política en general ocupa su tiempo en todo menos en velar por la prosperidad material de los ciudadanos, que a la vuelta de unas semanas van a empezar a pasar por las urnas en una sucesión de citas en las que tendrán ocasión de mostrar su descontento.

La particularidad del estado de la vida política ofrece algunos riesgos que sería conveniente ponderar con sensata reflexión, como la importante dispersión de los votos entre las fuerzas políticas, de forma que la multiplicidad de opciones amenaza con dinamitar la gobernación futura de España, tal será la dificultad de formar una mayoría absoluta estable que haga frente con decisión a los retos que nos esperan. España no es Alemania, en donde los grandes partidos políticos han sabido poner en común una serie de estrategias de gestión de la vida pública, con realismo en la adopción de medidas económicas sensatas y potencialmente eficientes para administrar el retorno de la economía al crecimiento.

De ahí que en el caso español la necesidad de una mayoría absoluta, de quien sea, es más perentoria, ya que los partidos no son capaces de sentarse a una mesa para adoptar políticas comunes que sean capaces de afrontar los desafíos económicos. Se ha visto a lo largo de estos últimos años, primero con los socialistas, luego con los conservadores. Y parece bastante probable que de la próxima confrontación electoral salga un galimatías de difícil gestión para alumbrar un Gobierno estable de cara a los cuatro años siguientes.