Estabilidad política para la economía

La superación de la crisis económica de estos últimos años ha tenido como compañía inseparable un entorno político bastante estable en casi todos los países desarrollados. Es una circunstancia que ha contribuido a la ejecución de políticas económicas bastante firmes, con ajustes a veces de enorme dureza, como ha sucedido en algunas economías de la periferia europea, como es el caso español. Sin el clima de estabilidad política que se ha vivido en las principales economías desarrolladas, la crisis económica habría entrado posiblemente en un atolladero difícil de superar. Hasta Italia, país que ha hecho de la gobernación inestable todo un arte, se ha decantado en los últimos años por mayorías relativas que han facilitado la gestión de uno de los peores momentos por los que han atravesado las economías europeas.

Japón ha sido posiblemente el caso más llamativo de Gobierno con mayoría absoluta y líder férreamente respaldado por el partido gobernante, lo que no había sucedido desde hacía bastantes años. Y las consecuencias a la vista están, ya que la economía japonesa es hoy una de las más brillantes en su discurrir camino del crecimiento acelerado, con una Bolsa en la que cotizan al alza muchas compañías de primera fila mundial, todo ello a pesar de la catástrofe del accidente nuclear de Fukushima, que ha dejado en paro político, no técnico, al importante parque de centrales nucleares de este país, uno de los más dependientes de la energía de importación.

En Europa, el alto grado de estabilidad de los Gobiernos de la mayor parte de los países ha facilitado en muy buena medida la aplicación de una terapia económica, que ha tenido su principal reto en la salvación primero y en la consolidación después, del euro, la moneda única que ha debido afrontar severos reveses debido a las fuertes disparidades que han aparecido en Europa en relación con la forma de abordar las políticas económicas más adecuadas para superar la crisis.

En tiempos pasados, las disparidades económicas entre países sobrevenidas durante las crisis eran asunto de importancia también alta, pero se encargaban de resolverla tanto las políticas cambiarias como los ajustes de las balanzas de pagos, elementos que en la actualidad ya no tienen, en el ámbito de la Eurozona, el mismo efecto quirúrgico que tenían en el pasado, cuando los Gobiernos echaban mano de las devaluaciones cambiarias como mecanismo para corregir las diferencias que aparecían en momentos de crisis.

Los últimos movimientos políticos que se aprecian en Europa han puesto el énfasis en la necesidad de disponer de estas mayorías parlamentarias como mecanismo imprescindible para resolver con eficacia los problemas que afrontan las economías desarrolladas. En Alemania, el caso más reciente de reajuste de fuerzas en la esfera política, la decisión de los dos grandes partidos de juntar sus fuerzas para apoyar un programa económico común debería tener influencia decisiva en algunos otros países, como España, necesitado más que nunca de un esfuerzo colectivo con amplio respaldo social y político.

En nuestro caso, el partido hoy gobernante ha recorrido en solitario, gracias a la mayoría absoluta que alcanzó en las legislativas hace poco más de dos años, la primera mitad de la legislatura, pero lo ha hecho aplicando medidas que no gozan de amplio consenso, lo que se está traduciendo en un importante desgaste político, que podría desembocar en una peligrosa fragmentación de los órganos legislativos. Ahora que hay margen de tiempo todavía suficiente por delante antes de que concluya el actual periodo de Gobierno, no estaría de más pensar en abrir un periodo de reflexión para ver cómo se va a gestionar el tránsito desde una economía en recesión a una economía que posiblemente deje atrás los números rojos, pero que debería adquirir una velocidad de crucero bastante considerable para atajar cuanto antes el serio problema del desempleo, un asunto que puede abrir una considerable brecha generacional.