El lejano retorno del crédito

Una de las preguntas sin respuesta con las que se ha despedido el año 2013, y quizás no encuentre explicación hasta bien entrado el año 2014, es el regreso del crédito bancario  a nuestra vida económica. Parece que se han juntado demasiados factores adversos para que la financiación fluya de forma suficiente a quienes frecuentan la ventanilla de los bancos en demanda de recursos con los que sobrevivir. Entre las razones que  explican la sequía crediticia hay  algunas  ajenas al sector bancario. Otras le son  atribuibles.

En el grupo de las razones externas se pueden mencionar algunas tales como el reforzamiento de  los requisitos de capitalización y solvencia con los que las autoridades financieras internacionales están agobiando a los bancos, en especial a las 130 entidades europeas que tienen mayor  peso en el sistema. Los denominados requisitos de Basilea, tercera versión, exigen de forma perentoria más recursos propios y más capital a los bancos, además de mayores precauciones a la hora de prestar dinero, más dotaciones a saneamiento a la hora de afrontar los problemas de morosidad y una menor inmovilización de recursos en inversiones diversas, incluidas las participaciones en otros bancos. Fruto de este estrechamiento de las exigencias de capital, que será objeto de un examen estricto a mediados de este año, las entidades bancarias se han dedicado a hacer acopio de liquidez y de capital propio para afrontar las futuras pruebas oficiales  con el menor riesgo posible de incumplimiento. Como es lógico, esta fuerte y estrecha supervisión sobre sus actividades ha conducido a una actitud  reforzada de cautela y reserva a la hora de prestar dinero a empresas y particulares.

Una segunda razón que abona la estrechez de los canales de financiación es el ambiente generalizado y las estrategias ampliamente extendidas de reducción del endeudamiento. El denominado “desapalancamiento” ha reforzado las actitudes de extremada cautela y perfil defensivo de empresas, particulares y bancos. De momento, nada parece indicar que esta estrategia de menor endeudamiento deje de estar generalizada y esté en condiciones de dar  paso a una etapa expansiva.

Un tercer elemento que ha contribuido también, no tanto a frenar el crédito como a explicar su leve desempeño, es la atonía inversora que respiran muchas economías.  Al no existir proyectos de inversión nuevos, las demandas de financiación escasean.  Existe, además, una predisposición amplia a solicitar financiación para afrontar las amortizaciones de créditos anteriores. Es decir, prolifera la refinanciación, que en ocasiones, posiblemente en la mayoría de los casos,  es un subterfugio con el que se pretende eludir una situación de inviabilidad empresarial, que a veces se enmascara con la idea de que algunas empresas se van a la quiebra por falta adecuada de financiación, cuando en realidad  lo que existe es una situación más o menos clara de viabilidad.

Estos tres factores, básicamente externos,  se unen a la actitud del propio mundo financiero en el que se han dado situaciones poco proclives a la fluidez de la financiación  a pesar de que atravesamos una etapa muy favorable en lo que se refiere al coste de la financiación. Nunca los tipos de interés habían estado tan bajos  durante tanto tiempo como en los últimos años, con la perspectiva de que se mantengan en ese estado durante bastante tiempo aún.

El severo reforzamiento de las posiciones defensivas de los gestores bancarios, tendentes a regresar cuanto antes al beneficio que se había evaporado debido a las elevadas provisiones destinadas a dotar de contrapartida a los créditos dudosos o fallidos, ha contribuido a dificultar la concesión de nueva financiación. Algunos canales de obtención de créditos para nuevas actividades están en la actualidad severamente limitados. Más aún, los bancos han utilizado las masivas inyecciones de liquidez de las autoridades monetarias europeas para reforzar sus actividades de intermediación en los mercados de Deuda Pública,  para obtener ingresos seguros y rápidos. Aunque el BCE en ningún  momento dijo que estos flujos de nueva financiación  iban destinados a facilitar la presencia de los bancos en las operaciones de deuda soberana,  sino que se trataba sobre todo de contribuir a la normalización del crédito hacia el sector privado, la realidad  ha sido muy distinta. Los Estados han podido financiar sus crecientes déficit con el  generoso riego de la liquidez de los bancos centrales y sin que el  sector privado lograra una participación sustancial en la obtención de  los recursos financieros que tanto precisan algunas actividades.

Dado que el problema de la sequía del crédito parece que nos acompañará algún tiempo, posiblemente más allá de un año, sería bueno que los Gobiernos europeos, en especial los de los países  de la periferia (como España), en los que este problema tiene mayor urgencia, se apliquen a crear líneas de financiación nuevas, por la vía de la banca oficial o  mediante el estímulo a la creación de nuevos mecanismos de financiación, como los nuevos mercados de renta fija o similares. La intermediación bancaria  del crédito quizás sea uno de los damnificados de esta larga crisis, lo que tiene lecturas diversas y conclusiones variopintas.