Luz para la electricidad

Para desconsuelo de los nostálgicos, la libertad de mercado en el mundo de la electricidad no ha traído más que desgracias. La subida del precio de la electricidad en un breve periodo de tiempo, desde antes del inicio de la crisis, en un 80%, no tiene justificación. En tiempos en los que la tarifa eléctrica estaba regulada por el Gobierno, los ciudadanos estábamos libres de sustos, salvo cuando la subida era algo mayor que la del IPC. O cuando alguno de los “inputs” o materias primas del sector rebotaban con fuerza, como sucedió en algunos momentos puntuales con el precio del petróleo. En esas circunstancias, que ahora no se dan, los precios de la electricidad repercutían de inmediato las subidas de los precios de las materias primas.

Lo que no se puede entender es que en apenas trece meses, la luz eléctrica haya subido en cuatro de las cinco ocasiones posibles, en una etapa de precios bastante estables en el sector petrolífero, que es uno de los proveedores de materias primas con las que se fabrica la luz. El coste de la electricidad debería formar parte de ese núcleo de precios que afectan de lleno a las economías familiares y que se caracterizan por una razonable estabilidad. El anuncio de una posible subida en enero próximo del orden del 11% ha sublevado, como no podía ser de otra forma, a la inmensa mayoría del país.

El Gobierno tendrá que hacer algo, y pronto, para evitar este despropósito. Y acto seguido debería ejercer una amplia pedagogía para lograr que el recibo de la luz no lo entiendan solamente algunos iniciados sino que sea asequible a la población en general. Que, a ser posible, lo entienda incluso el ministro de Industria y Energía, cuya capacidad para el desempeño del cargo ha quedado seriamente dañada en varias ocasiones. Esta quizás no sea la última, pero es una de las más clamorosas.

Aunque parezca mentira, los precios de la electricidad en España se han convertido en uno de los termómetros más oscuros y carentes de transparencia de cuantos afectan de modo directo al bolsillo de los ciudadanos y a las economías empresariales. A medida que han pasado los años, la falta de transparencia de este producto que es el kilovatio ha ido añadiendo ingredientes de misterio. La desgraciada mecánica del denominado “déficit de tarifa” es un asunto lleno de misterio, sobre el que se han pronunciado numerosos especialistas, sin que se sepa realmente a qué obedece tal “déficit”, en el que se han ido acumulando costes de muy diversa procedencia, en algunos casos objeto de clientelismo político, en otros fruto de la conversión de la tarifa en una especie de bolsa de futuros y de derivados, en la que han aparecido numerosos especuladores de diversas partes del mundo para tratar de lucrarse en base a los diferenciales de precios.

Entre tanto, nadie asegura que los verdaderos productores de electricidad, las compañías eléctricas, sean realmente los beneficiarios de tan suculento negocio, ya que las cifras (esas sí son públicas) de las grandes empresas del sector no reflejan en absoluto el negocio redondo que cabría imaginar. El mercado eléctrico se ha convertido en una especie de mercado persa en el que hay cada vez más protagonistas, más dinero circulando, mayor número de comensales distribuyéndose los beneficios, más opacidad en los costes verdaderos de la producción y unas tarifas finales que rara vez se corresponden con el coste real del servicio. A todo esto hay que añadir el aumento de organismos reguladores, que en teoría deberían ser capaces de clarificar el panorama y poner un poco de orden en tanto maneje de flujos. Por desgracia, nunca el sector de la electricidad ha estado más carente de disciplina y de verdadero conocimiento de los costes e ingresos.

La energía eléctrica es un servicio básico para los hogares, pero al mismo tiempo es también un coste principal para muchas empresas industriales y del sector servicios. Los precios de la electricidad caen directamente sobre el bolsillo de los ciudadanos por la vía, primero, del consumo doméstico, pero también acaban castigando los bolsillos de los ciudadanos en la medida en que detrás de los precios de numerosos productos industriales y de servicios, la subida de la luz acaba añadiendo también algo de inflación a los consumidores finales. Hay un efecto arrastre del recibo de la luz sobre el conjunto de la economía.

Como es lógico, afecta también a la competitividad exterior de las empresas que son grandes consumidoras de energía, como algunas pertenecientes a sectores industriales altamente exportadores y que son importantes consumidores de electricidad. En las últimas semanas, algunas empresas industriales españolas han anunciado serias dificultades para lograr la viabilidad si la energía eléctrica española sigue acelerando sus precios, ya que con ello los productos españoles tienen más dificultades para la exportación.

El resultado de la última subasta puede acabar teniendo efectos beneficiosos, aunque parezca increíble. Es de tal magnitud el despropósito, que el Gobierno no debería dejar pasar un día sin poner orden en el sector.