La inversión, el gran ausente

La entrada de la economía española en tasas positivas de variación del PIB intertrimestral (no en términos anuales, que siguen reflejando una caída superior al 1%) ha tenido, una vez más, un significativo ausente, la inversión. Todos los balances que se vienen realizando en los últimos meses sobre la recuperación económica del país así como las previsiones que se lanzan desde algunos foros están destilando un grado de optimismo que parece poco justificado. Se echa en falta alguna valoración más realista de la situación. El caso es que los niveles de inversión siguen estancados, bajo mínimos. Y una economía en la que no aparece por ningún lado la inversión, que es el verdadero motor del crecimiento, es una economía estancada y sin perspectivas de futuro.

La inversión se ha sustentado en España durante muchos años en el crecimiento del sector inmobiliario y, como consecuencia, en el impacto que este producía, al irradiar hacia otros sectores una demanda inducida que ha explicado el fuerte tirón vivido por la industria española en los últimos años. Al frenarse el crecimiento de la construcción, una parte significativa de la industria se ha paralizado. El crecimiento de las exportaciones ha tomado en alguna medida el relevo, pero resulta muy insuficiente para generar actividad y crear empleo.

La ausencia de inversión productiva es el gran problema que tiene en estos momentos la economía española, del cual se deriva el elevado nivel de paro, que es la resultante de una economía estancada. Hay algunas sugestiones que parecen haberse aliado para relegar a un segundo plano la ausencia de inversión real en la economía.

Por ejemplo, una de las ideas más extendidas es la de que está entrando mucho dinero en el país, procedente de todas partes. Pero cuando se analiza con cierto detalle la entidad de todo el dinero que está entrando se observa cómo en buena medida existe un elevado componente meramente especulativo, en el que los fondos “buitre” y las entidades de capital riesgo ocupan una posición destacadísima. Ese dinero no es el que necesita la economía española para crecer y multiplicar la riqueza, generar actividad y empleo. Más bien parece dinero de vocación volátil, que busca rápidos beneficios y que emigrará a las primeras de cambio.

Estos flujos de capitales distan mucho de asimilarse a los que entraban en la economía española años atrás, para crear nuevas empresas o reforzar las existentes mediante nuevas inversiones y generación de nuevas actividades y productos, con la consiguiente generación de empleo. Además de los flujos exteriores, la propia dinámica interna de la economía padece un serio problema de parálisis a causa de la restricción crediticia, un fenómeno que afecta a la pequeña y mediana empresa. Las grandes compañías españolas no están invirtiendo en España, como es bien patente al pasar revista a los numerosos casos de empresas destacadas que de unos pocos años a esta parte solamente confiesan crecimiento en el exterior, con escaso o nulo impacto en la economía doméstica. Es más, muchas empresas de tamaño grande aún se encuentran en fase de saneamiento de sus balances, reduciendo deuda y vendiendo activos no estratégicos, muchos de ellos en España.

Este panorama de sequía inversora radical es lo que tendrá que cambiar de forma drástica y cuanto antes mejor. Para ello habría que generar mejores expectativas, un sistema fiscal más estimulante, un sector financiero capaz de proporcionar dinero a los emprendedores y una clase política que se ponga de acuerdo en algunas cosas, aunque sean sólo las fundamentales.