Repsol, una solución a medias

El triángulo negociador que parece haber dado con la solución al expolio de YPF sobre la petrolera española Repsol, ha dejado de momento razonablemente satisfechos a casi todos, aunque este miércoles será el Consejo de Administración de Repsol el que diga la que puede ser última palabra.

Las formas y también en buena medida el fondo de la expropiación realizada hace algo más de un año (abril de 2012) por Argentina contra la empresa española tenían poca defensa. Argentina tiene muchos pleitos internacionales por falta de seriedad en sus tratos económicos. Necesitada cerrar este enésimo pleito, el de mayor envergadura por muchas razones, de la mejor forma posible y no parece que lo haya conseguido del todo, a pesar de haber contado con el apoyo de la mexicana Pemex. Aunque es accionista de Repsol, y defiende por ello una parte de sus intereses (el 9% del capital de la empresa española es de la mexicana), Pemex le ha echado un capote a los argentinos, en parte para salvar en la medida de lo posible el valor de su participación en Repsol, en parte también para poner un pié en Argentina, país que cuenta con grandes recursos energéticos de hidrocarburos pero que no ha acertado a explotarlos de forma fructífera.

La conclusión del acuerdo provisional plantea muchas dudas. La primera de ellas es la del cobro de la expropiación. Argentina parece dispuesta a pagar algo más de 5.000 millones de dólares, cifra que, justo es reconocerlo, de confirmarse sería bastante superior a lo que espera la mayoría de la gente que entiende del negocio petrolero. La cifra es, en todo caso, la mitad de la que Repsol consideraba justa y que la mexicana Pemex, a pesar de su declarada preocupación por el valor de sus inversiones, no respaldó en la medida suficiente durante el proceso negociador.

Argentina tiene escaso crédito como pagador de deudas, como es bien conocido en los ambientes económicos internacionales. El reciente giro de su política económica parece orientado a recuperar la respetabilidad y a reforzar su condición de país atractivo para la inversión extranjera. Difícilmente lo va a conseguir ya que lo de Repsol, con haber sido un grave tropiezo, no es más que uno de los muchos pleitos internacionales en los que el país está embarcado.

Cerrar con Repsol un acuerdo aceptable, que permita dar el carpetazo a todos los litigios que enfrentaban a ambas partes en los tribunales internacionales, no garantiza la recuperación de la confianza de los inversores internacionales. Pero es un paso indudablemente necesario para Argentina. Le servirá para tratar de superar esa imagen de país poco cumplidor de acuerdos, aunque siempre quedará la duda sobre el destino que puedan sufrir las inversiones extranjeras en un país que se ha mostrado demasiado volátil en sus decisiones económicas y empresariales. Ahora mismo, varias empresas extranjeras, algunas de ellas españolas, sufren en sus cuentas los inconvenientes de una legislación económica que restringe al máximo la repatriación de beneficios y el pago de servicios a las empresas matrices. No es grato para una compañía multinacional tener negocios en Argentina. La experiencia lo ha demostrado en los últimos años de forma fehaciente.

Para Repsol, por otro lado, el cierre de su experiencia argentina es un mal trago ya que en este país existen importantes recursos de hidrocarburos. La empresa española ha contribuido a sacarlos a la luz y, justo cuando ha puesto en valor la importancia de los hallazgos, ha sido objeto de la expropiación. El éxito de la exploración de la compañía española se queda, por lo tanto, sin recompensa, ya que la cifra pactada, incluso si en el mejor de los casos llega a cobrarse total o parcialmente, queda por debajo de las expectativas de rentabilidad de los yacimientos descubiertos, cuyo primero beneficiario será en todo caso la propia Argentina.