También hay cosas que funcionan

No todo iban a ser malas noticias. En España tenemos algunos motores de actividad económica importantes, aunque el avión que debía trasladar al Príncipe Felipe a Brasil, a la cabeza de un nutrido grupo de empresarios que tenían previsto hacer las Américas para divulgar lo bien que se saben hacer las cosas en España, se haya quedado en tierra. La Marca España debe ser a estas alturas un motivo de reflexión, y no agradable para nuestros intereses, al otro lado del Atlántico. Para mayor desgracia, el avión que no pudo despegar este lunes rumbo a Brasil es de fabricación europea. Y el alerón averiado no está claro si pertenece o no al grupo de componentes que aporta la brillante industria aeroespacial española al ensamblaje de los aviones Airbus.

Dejando de lado el borrón, cabe constatar que algunas cosas de las que se hacen en este país sí funcionan bien. Incluso más que bien. Toca estos días hablar del sector del automóvil, una auténtica mina, con cerca de 140.000 empleos en la industria principal (el ensamblaje de coches) y 39 modelos diferentes (antes de la crisis eran bastantes menos, lo que significa que las plantas españolas atraen proyectos de vanguardia), un sector cuya producción ha aumentado en lo que va de año en más del 9% en número de unidades producidas (1,8 millones de coches, con aumento del 17% sólo en octubre, lo que significa que la actividad se está acelerando aparentemente) y con el objetivo de llegar a los 3 millones de unidades a la vuelta de unos pocos años, quizás en el año 2017.

España ha recuperado uno de los papeles principales en la industria mundial del automóvil, en donde es uno de los cuatro mayores exportadores. Con industrias así, aunque se trate sólo de empresas multinacionales (lo que tiene a su vez otra lectura positiva, la de que el capital exterior de un sector tan ferozmente competitivo confía en la capacidad industrial española), la crisis se puede hacer más llevadera y posiblemente durará bastante menos.

Uno de los puntos negros del sector automovilístico es la flojera del mercado interior, ya que estamos aún lejos del millón de coches que se vendían y compraban hace unos pocos años en el mercado doméstico. Bien es verdad que la mayoría de los son extranjeros, ya que el grueso de la producción española, nada menos que un 87% de las unidades fabricadas, se destina a los mercados internacionales. El tirón exterior ha sido apreciable este año aunque podría haberlo sido algo más, pero la industria está diversificando el destino de sus ventas, no sólo orientadas al mercado europeo sino a otros nuevos, como Estados Unidos, Turquía o algunos incipientes mercados asiáticos. Gracias a esta diversificación, el volumen de las exportaciones ha aumentado en diez meses en un 9,5% sobre el mismo periodo del año pasado.

Lo del automóvil no es exactamente un milagro, pero sí que es una muestra de que el país no está del todo parado. Las empresas fabricantes de coches, todas ellas con sus centros de decisión en el exterior, han decidido invertir este año unos 3.500 millones de euros en reforzar la capacidad productiva de las plantas españolas e invertirán otros 1.500 millones de euros más el año que viene, o sea, 5.000 millones en apenas dos años. Es posible que en los próximos meses esta cifra aumente para hacer factible ese objetivo de los 3 millones de unidades producidas al año.