Las tres espinas de la banca

Hay tres huesos duros de roer en la crisis bancaria española. Los tres tienen señalada su hoja de ruta con dirección explícita, la privatización y la salida del Estado de su capital. Pero ni la subasta de la gallega NCG (Novacaixa Galicia), ni la de Catalunya Caixa ni por supuesto la de Bankia, parecen fáciles. Tampoco inminentes. La de Bankia, por su tamaño y el volumen de inversión que requerirá al futuro accionista principal, parece claramente la más lejana. A estas alturas, la de Catalunya Caixa parece la más improbable, como nos ha recordado estos días su actual presidente interino, puesto por el Banco de España. Y la caja gallega, que es la que más veces ha tenido fijada la fecha de adjudicación y por lo tanto la que más ha incumplido todas las expectativas, se presenta rodeada de un cúmulo de incertidumbres.

En lo relativo a las privatizaciones, que tienen de plazo hasta el año 2017, el Gobierno ha ido suavizando su lenguaje a medida que transcurría el tiempo, desde una primera posición de cierta dureza, exigiendo a los potenciales compradores un dineral y ninguna ayuda, hasta las últimas y más recientes sugerencias, que han dulcificado el mensaje con el doble objetivo de pagar lo menos posible por vender estas entidades a la par que abrir el abanico de potenciales compradores. En el caso de la caja gallega NCG, parece que son unos ocho los candidatos finales, aunque realmente con posibilidades de adquirir la entidad y presentar una oferta seria y realista, los candidatos son posiblemente bastantes menos.

El Gobierno trata de no poner ni un euro más en el empeño, pero la tarea se presenta difícil. Nadie quiere meterse en un avispero. Nadie quiere desembarcar en una empresa cuyos riesgos son en parte desconocidos. Hay al menos dos tipos de riesgos: los derivados de las participaciones preferentes, una parte de las cuales exigirá aún el desembolso de la entidad financiera y por lo tanto de su futuro propietario, para compensar a los clientes que fueron perjudicados por estas emisiones. Y los nuevos percances que puedan haberse generado en la actividad crediticia de la caja en los últimos tiempos.

El Estado ya ha colocado mucho dinero en esta entidad, unos 9.000 millones de euros, pero nadie parece en condiciones de asegurar que serán los últimos. Más bien, el Gobierno tendrá que poner su firma debajo de algún compromiso de asunción de pérdidas futuras, lo que se llama en el sector el Esquema de Protección de Activos. Es decir, una especie de seguro para cubrir las pérdidas que se vayan produciendo en los próximos años a causa del balance anterior de la entidad. Los fondos extranjeros interesados en comprar esta caja ponen esta condición como ineludible para entrar. Los bancos españoles candidatos a hacerse con esta caja, también, para no ser menos y sobre todo porque en los casos precedentes así se ha hecho con otras cajas en ruinas, que fueron adquiridas por el Estado y luego adjudicadas a bancos privados con todo cubierto.

Hay en la venta de NCG un forcejeo como trasfondo entre el Banco de España y los bancos españoles, ya que estos últimos no desean que la presencia de competidores extranjeros aumente con ocasión de estas privatizaciones y menos aún que entren con la ayuda del dinero público. Un dilema político de hondo calado. La solución para la privatización de esta caja se presenta llena de incertidumbres y con plazo incierto.

El caso de Catalunya Caixa, la que presidió en su día Narcís Serra y trató de reflotar Adolf Todó, ambos ahora sometidos a procedimiento judicial (en el segundo, quizás no muy justificadamente, ya que llegó a la caja para sanearla y ha tenido que salir por la puerta de atrás), la situación también es incierta. Tanto que el Frob no se atreve siquiera a poner en marcha el proceso de privatización. Además, su representante, el actual presidente de la caja, se despachó esta semana pasada con unas curiosas declaraciones en las que ha hecho una fuerte apuesta por seguir adelante contra viento y marea, seguro de que la caja tiene claras posibilidades de mantener el ritmo de beneficios en el que acaba de entrar. Ha sido una buena noticia, en todo caso. Pero las autoridades europeas condicionaron la concesión de ayudas a los bancos españoles en crisis (la caja catalana, entre ellos) a una serie de condiciones, gran parte de las cuales la caja está cumpliendo o en trance de cumplir. Pero una de ellas era su privatización. El tiempo parece estar corriendo ahora a favor de la entidad, ya que cuanto más avanza, más aumenta su valor de mercado. Puede ser un caso bastante peculiar en la crisis bancaria española.