La vivienda, propiedad o esclavitud

La radiografía del mercado inmobiliario que acaba de realizar el Instituto Nacional de Estadística (INE) en su Encuesta de Condiciones de Vida ofrece algunas evidencias que contribuirán posiblemente a restar dramatismo al fenómeno de la vivienda en España, aunque puede arrojar también una luz importante sobre el inadecuado destino del ahorro de las familias.

Dicen las cifras que el 50,7% de la población, o sea, algo más de la mitad, tiene piso en propiedad y lo tiene sin hipoteca. Las viviendas en propiedad tienen un peso bastante considerable en la sociedad española, ya que cubren el 79% de la población, parte con hipoteca ya pagada, parte aún en trance de amortizarla. De ese 79%, un 28,5% son españoles que aún están pagando la hipoteca del piso mientras el resto ya lo tienen en propiedad plena.

El piso ha sido tradicionalmente en España uno de los signos de estabilidad social más consolidados y más apetecidos, de ahí la importancia del parque de viviendas en propiedad que hay en España, bastante por encima del existente en otros países desarrollados, en los que las fórmulas de alquiler tienen más predicamento. En España, sólo un 15% de las familias vive en alquiler. Esta situación genera ventajas pero es en algún momento un asunto que influye de forma negativa en la dinámica social. La escasa propensión que existe en España para cambiar de domicilio y buscar trabajo en una localidad diferente a la habitual puede tener en este dato del bajo nivel de la vivienda en alquiler una de sus explicaciones. El arraigo que proporciona una vivienda propia quizás tenga una influencia negativa en la movilidad laboral y en el dinamismo del empleo.

La consecuencia quizás más preocupante del elevado peso de la vivienda en propiedad, tanto con hipoteca amortizada como si no lo está, es la acusada dependencia que las economías familiares pueden llegar a tener en momentos de crisis económica. Los precios de las viviendas han caído en más de un 30% en los últimos años y la fluidez del mercado de compra venta está seriamente dañada, de forma que no es fácil convertir ahora los ladrillos en activos líquidos. Ni siquiera cuando existe la predisposición del vendedor de la vivienda a incurrir en aparentes minusvalías. Los españoles, a nivel doméstico, han puesto excesiva proporción de su ahorro en un bien inmueble que tiene un elevado potencial de riesgo.

El ahorro en activos líquidos (como depósitos bancarios, acciones de Bolsa o títulos de renta fija, además de otras alternativas como los fondos de inversión o los de pensiones) se ha desarrollado en España menos que en otros países de nuestro entorno precisamente por la fijación que existe a la hora de destinar, como hacen muchas familias, la totalidad del ahorro a la compra de una vivienda.

Esta tendencia puede llegar a convertirse en una trampa muy perjudicial, sobre todo cuando la vivienda se contempla como el sustitutivo de ahorro finalista, como el que se debe destinar a la cobertura de las necesidades personales tras la jubilación. Es decir, cuando las inversiones en ladrillo reciben el tratamiento propio de lo que podría ser denominado con mayor propiedad un plan de pensiones para el futuro.

De las muchas lecciones que puede suministrar esta crisis económica de la que intentamos salir, la necesidad de diversificar al máximo posible el destino del ahorro y sobre todo la de destinar una parte importante del mismo a activos líquidos, que no conviertan a los ciudadanos en rehenes de algunas inversiones, son posiblemente enseñanzas que repercutirán en el comportamiento futuro de las familias y en la evolución de los mercados.