El jarro de agua fría de Bruselas

Las previsiones económicas de la Comisión Europea han caído como un jarro de agua fría. Una decepción que llega justamente cuando los líderes políticos y una parte de los líderes empresariales estaban, todos ellos, enfrascados en la vibrante exaltación de la llegada de capitales extranjeros al país. Resulta que la Comisión Europea afirma que el desempleo no va a bajar del 25% de la población activa en varios años. Cabe preguntarse entonces para qué sirve tanta inversión extranjera como dicen que está entrando.

En vez de valorar la cantidad de dinero, principalmente especulativo, que está llegando al país, lo que debería valorarse es en qué se está empleando y si va a servir realmente para contribuir a apuntalar el crecimiento económico español. La respuesta, todavía bastante provisional, es que por desgracia no está nada claro que tanto dinero como dicen que llega esté en trance de transformarse en reacción de empleo y aumento de actividad, que es lo que nos interesa.

Es posiblemente un espejismo, una lectura apresurada de unos movimientos protagonizados generalmente por empresas de muy tercer nivel, aunque con alguna figura de relumbrón. Qué duda cabe de que la presencia de Bill Gates en el capital de FCC es una saludable operación que contribuirá a asentar la solidez de este grupo constructor y evitar que siga la misma suerte que otras empresas españolas en fase de desmantelamiento. Pero los dólares de Gates no van a crear empleo, o al menos no a corto plazo. Más aún, apenas han logrado impedir que se destruya, ya que en FCC se han desarrollado varios ERE en los últimos meses, cuyo resultado ha sido diezmar de forma considerable la plantilla de una empresa que indudablemente tiene un gran futuro.

El ejemplo de Gates ha sido muy positivo para la imagen exterior de la recuperación de la economía española, en la medida en que ha puesto de relieve que España sigue siendo un país de oportunidades. Pero de momento para lo que parece haber servido más es para dar alas a la propaganda gubernamental.

La recuperación de la economía española no está aún, por desgracia, a la vista. No al menos en el año 2014 y cabe empezar a dudar que el año 2015 aporte novedades interesantes en esta dirección. El pronóstico de Bruselas dice que España va a registrar un empeoramiento del déficit público en el año 2015, lo que constituye un asunto altamente preocupante. En el año 2015, España debería estar en trance de situar ya el déficit en torno al 3% del PIB. Ahora, Bruselas dice que este déficit puede empeorar hasta niveles del 6,6%. Son palabras mayores. Si la economía española frena la reducción de su desequilibrio fiscal, el castillo de naipes sobre el que se ha ido construyendo trabajosamente la imagen de país serio con Hacienda solvente y cada vez menos desequilibrada se vendrá debajo de forma estrepitosa y ni que pensar en lo que ello pueda acarrear para los tipos de interés, los costes de la deuda y en general la financiación de la economía, la pública y la privada.

La onda expansiva de estos escuetos comentarios y de las previsiones económicas que acaba de lanzar Bruselas obligan al Gobierno y a las autoridades autonómicas y locales a realizar un serio ejercicio de reflexión ya que España parece obligada a darle una nueva vuelta de tuerca a su credibilidad internacional, ahora que estamos suspirando por recibir una mejora de calificación por parte de alguna agencia de análisis de riesgo. Una de las tres agencias, Fitch, nos acaba de lanzar un guiño, pero no es suficiente. La confianza se recupera a base de mejoras claras en la calificación por parte de estos tres agentes financieros, básicamente Standard & Poor’s y Moody’s. Y para ello el Gobierno tendrá que apearse de su actual posición de inmovilismo y llevar a cabo alguna de las reformas que todavía están por cerrar.