El capital extranjero, un desembarco desordenado

El dinero está llegando desde el exterior en cifras cada mes más importantes. Primero empezó tomando posiciones en los activos de Deuda Pública, comprando papel del Estado o similares. Luego ha puesto las miras en los activos privados que se ofrecen a precio de saldo, básicamente los inmuebles que los bancos quieren quitarse de encima tras la larga batalla de los saneamientos, lo que les permite ofrecer grandes descuentos sin merma de su rentabilidad, ya que han asumido las pérdidas de antemano y vender a precios a veces irrisorios es aceptable e incluso rentable, si de lo que se trata es de recuperar liquidez.

Más recientemente, los inversores extranjeros están empezado a comprar empresas, por desgracia las más rentables, ya que las empresas en crisis nos ofrecen casi a diario el triste panorama de la crisis empresarial española aún pendiente de finalizar. Nadie quiere comprar Sniace, ni Pescanova, ni Panrico, ni Fagor ni otras destacadas representantes del pasado industrial español, a veces cargado de brillantez y éxitos, y hoy venido claramente a menos en bastantes casos. En vez de asumir este tipo de empresas para reforzarlas y darles una nueva vida, los inversores extranjeros apuestan por empresas altamente rentables de tamaño medio o pequeño, como hemos podido ver en los últimos días. Todo ello obedece a la lógica empresarial y a la visión que se tiene de la economía española, en la que todavía quedan algunos ajustes que limpiar, de los cuales nadie quiere hacerse cargo.

También ha llegado dinero a la Bolsa española, en la que muchas empresas están cotizándose actualmente a precios altamente atractivos y ofrecen jugosas rentabilidades, muy elevadas en comparación con otros mercados más maduros.

El balance de todo ello no es para tirar cohetes, ya que la oleada inversora no va a protagonizar de momento el renacimiento industrial del país. Salvo el sector del automóvil, en el que las inversiones de los dos últimos años han sido muy cuantiosas y los planes de futuro son bastante esperanzadores, la inversión extranjera ha carecido hasta el momento del carácter innovador y generador de riqueza que vivió la España de los años 70 del siglo pasado. La inversión creadora de nuevas actividades está por llegar. Se supone y es de esperar que se incorpore al ciclo regenerador de la economía española a lo largo de los próximos meses, para evitar que la inversión extranjera acabe siendo apenas un puñado de aventureros (salvando las excepciones, que las hay) que viene a España a comprar barato, esperar a que la economía mejore y largarse tras vender con la consiguiente plusvalía lo comprado a precios de ganga.

Hay, además, otra vertiente que sería necesario cuidar, la de la entrada del capital extranjero en empresas que podrían considerarse de carácter estratégico para el país. Bien es verdad que los tiempos de la “acción de oro” han quedado ya atrás y que la misma calificación de empresa “estratégica” se ofrece a todo tipo de interpretaciones, en ocasiones interesadas.

Pero hay una expectativa probable de entradas de inversores importantes, incluso a veces institucionales y hasta de carácter público, que parecen estar al acecho para adquirir algunas de las empresas españolas hoy debilitadas por la propia situación general del país más que por su propia circunstancia o valor intrínseco. Existe un riesgo real de que la inversión extranjera acabe haciéndose con un peso desmedido en la actividad empresarial y económica española. Posiblemente se trate de un asunto a discutir y sobre el que sería bueno tener ideas claras por parte de los dirigentes políticos, tanto del partido gobernante como de la oposición. España y sus empresas no pueden estar en venta a pecios de saldo, sobre todo si de algunas de esas ventas se deducen riesgos reales para actividades estratégicas.

El hecho tiene más importancia aún porque en la actualidad no existen en España centros de decisión económica con poder suficiente para liderar un “capitalismo autóctono”. Los bancos han descartado hace ya mucho tiempo jugar papel alguno en esa estrategia. Las cajas de ahorros están, por su parte, y tras haber tomado el relevo a la banca, desmontando las poderosas carteras de participaciones con que contaban en el pasado y cuya tenencia no se puede decir que haya sido la causa desencadenante de sus crisis. Más bien están ahora contribuyendo a formar parte de la solución, en la medida en que las plusvalías por la venta de la cartera de participadas están cubriendo parte de las pérdidas en las que incurrieron muchas entidades por su mala gestión de la actividad hipotecaria.

Un caso bien concreto es el de Gas Natural, a cuya puerta están llamando algunos inversores internacionales de alto nivel, por el simple hecho de que Repsol quiere vender su participación y La Caixa, el accionista más importante, no descarta hacer algún dinero con este asunto a pesar de que esta entidad financiera es hoy por hoy la única que ha mantenido una actitud firme de presencia accionarial en algunas compañías españolas de primer nivel, lo que no se puede decir de los grandes bancos. A medida que avance la mejora de la situación económica española es probable que algunos casos de este tipo pasen a convertirse en asunto de debate cotidiano. De hecho, ya ha sucedido con Iberia, cuyo pase a control extranjero ha sido lamentado por muchos por lo que ha acarreado.