Qué puede hacer por nosotros el BCE

Vuelven las expectativas de cambio en la política monetaria del Banco Central Europeo (BCE) de cara a la reunión de su Consejo de Gobierno que concluye el jueves. En los últimos días han aparecido dos señales que merecen interés: la inflación en la Eurozona se ha reducido hasta el 0,7% anual en octubre (la española está casi a cero, es decir, con un diferencial altamente favorable para la capacidad competitiva exterior española, ya que nuestros precios crecen mucho menos que los del resto de nuestros principales clientes) mientras el valor del euro se ha disparado al alza.

El euro se encuentra cerca de 1,40 dólares, en su cota más alta de los dos últimos años. Ese nivel implica una apreciación en lo que va de año superior al 4%. Con el yen japonés, otra divisa relevante para las economías de la zona euro, la apreciación europea es nada menos que del 18%.

Los bancos centrales del dólar (Fed) y del yen (Banco de Japón) han desarrollado estrategias monetarias muy agresivas, destinando elevados importes de liquidez de nueva creación a estimular sus respectivas economías, lo que ha causado impacto depresivo sobre sus respectivas divisas, abaratando con ello sus exportaciones, al hacerlas más baratas y competitivas frente a los mercados exteriores, principalmente el europeo. Este escenario ha sido, por lo tanto, perjudicial hasta el momento para Europa, lo que tiene gran importancia habida cuenta de la delicada situación de la zona del euro, con crecimiento lento y países todavía saliendo de la recesión, como es el caso de España.

Estamos por lo tanto ante una nueva oportunidad para que las autoridades monetarias europeas, agobiadas desde luego por diversas prioridades (la unión bancaria es quizás la más importante junto al manejo de las variables que confluyen en el tipo de cambio), afronten de una vez la esperada estrategia expansiva, aunque más bien habría que hablar de estrategia igual de expansiva que la de nuestros principales competidores en la esfera internacional. Estados Unidos y Japón han cosechado éxitos moderados en sus políticas monetarias y en los resultados alcanzados a la hora de ver su reflejo en el crecimiento del PIB respectivo y en el empleo. Pero está claro que se sitúan en posición más avanzada que la europea en ambas vertientes.

Lo que puede hacer el BCE esta semana centra de nuevo, por lo tanto, el interés de los medios económicos y empresariales. La exigua tasa de crecimiento del PIB europeo, con crecimientos modestos en Alemania y en Francia, está muy lejos de resultar satisfactoria. La Eurozona necesita más combustible para su reanimación, aunque como es lógico esta estrategia no se puede implementar olvidando el precio. Tanto Estados Unidos como Japón tienen unas cifras de déficit público desorbitadas. Europa difícilmente podría plegarse a ese elevado coste con tal de darle un poco más de marcha a la economía.

Pero posiblemente debería intentar neutralizar los efectos perniciosos de las apreciaciones de los tipos de cambio de nuestros principales rivales comerciales, ya que lo que está sucediendo con los tipos de cambio puede perjudicar a las exportaciones europeas y, desde luego, también a las españolas, condicionando por ello el principal soporte en el que se apoya hoy en día la débil expansión de la economía.

Estados Unidos y Japón tratan de salvarse del estancamiento exportando una buena parte de sus problemas a Europa, algo que el BCE debería tratar de impedir por todos los medios a su alcance. El jueves tiene de nuevo la oportunidad de hacerlo. Desde luego nadie cree que vaya a renunciar a su estrategia de tipos de interés bajos. Es más, podría reducirlos un poco más todavía y en todo caso asegurar que va a haber tipos bajos para largo, como ha asegurado la Fed en Estados Unidos. Pero no será suficiente para doblegar la indeseada fortaleza actual del euro. Hacen falta medidas monetarias adicionales, entre otras cosas para resolver los problemas aún pendientes de escasez de financiación de las empresas, un problema muy sentido en España.