La quiebra del modelo Mondragón

La quiebra de Fagor, el líder español de electrodomésticos de línea blanca, principal exponente del mundo cooperativo de Mondragón (Guipúzcoa) es posiblemente la noticia más triste de esta crisis económica que arrancó hacia el año 2007. Muchos han querido cerrar los ojos ante las primeras manifestaciones de la crisis que, al decir de muchos, España ha afrontado de forma muy tardía, posiblemente cegada por el resplandor de la brillante etapa de expansión económica que precedió al hundimiento iniciado en el año 2008. Hay bastantes razones para pensar que a este industrioso pueblo guipuzcoano, encerrado entre montañas pero con una tradición industrial anclada en los comienzos de la civilización industrial, los ruidos de la crisis llegaron con bastante retraso. Y ello a pesar de que algunas de las cooperativas de Mondragón, principalmente Fagor, su buque estrella, llevaban ya muchos años de vivencias en el mundo global de los negocios, con implantaciones industriales pioneras en algunos de los países más interesantes del mundo (China, sobre todo, en donde fueron pioneros), lugares ideales para captar y asimilar las nuevas tendencias de la economía y de la industria mundiales.

Para la industria española, la que parece definitiva crisis de Fagor es un auténtico desastre, por diversos motivos. Para el modelo cooperativo del que Fagor era su principal exponente y orgullo, las cosas ya nunca serán igual.

La industria española se queda sin el principal referente en el sector de los electrodomésticos, un tipo de producto muy ligado al consumo de las familias y en el que ciertamente no hay grandes misterios tecnológicos encerrados en el proceso fabril, pero en el que es necesario disponer de armas adecuadas para gestionar la innovación, la capacidad de adaptación a los gustos del consumidor, el control estricto de los costes de fabricación para mantenerse en la vanguardia del mercado por precio, el diseño industrial, la habilidad de unas redes comerciales bien posicionadas y la asistencia técnica como elemento de apoyo imprescindible para mantener los clientes. Este complejo requerimiento empresarial no ha sido capaz de gestionarlo la gente de Fagor con eficacia. Y se han dado cuenta muy tarde, a pesar de que la empresa guipuzcoana produce desde hace años en algunos de los países desde donde han llegado los competidores que le han robado cuota de mercado y capacidad de iniciativa en el mercado español. Un auténtico desaire. En este sentido, la crisis de Fagor resume por desgracia bastante bien la decadencia de una buena parte de la industria española en estos últimos años.

El modelo societario de Mondragón, cuyo primer experimento fue precisamente Fagor, al que han seguido un elevado número de empresas de los sectores industrial, comercial y financiero, queda ahora herido de muerte. Fagor ha sido, a lo largo de los últimos lustros, un verdadero modelo de organización empresarial inédito, que llamaba la atención de los representantes del mundo de las escuelas de negocios y por ello de los medios de difusión de muchas partes del mundo, extasiados a veces ante el modelo de obrero capitalista o capitalismo popular con el que los promotores de Mondragón presentaban su producto empresarial, del que hablaban con legítimo orgullo como si se tratara de una auténtica tercera vía, ni socialista ni liberal capitalista, sino todo lo contrario: una simbiosis llamada a ser la excelencia en el futuro desarrollo de la economía empresarial, un híbrido que sacaba partido de las virtudes de los dos sistemas clásicos de la vida económica sin caer en ninguno de sus vicios. Las escuelas de negocios que pregonaron con fervor en el pasado las andanzas de los gestores de estas iniciativas empresariales posiblemente tengan que someter a revisión sus enseñanzas.

Pero la crisis de Fagor y también en parte de su modelo deja otro poso de amargura y de incomprensión: cómo es posible que no existan mecanismos para salvar una empresa importante que, además, cuenta con poderosas filiales en varios países extranjeros (Francia y China, entre ellos), en los que el nombre y la imagen de España van a quedar seriamente dañados por este derrumbamiento de quien hasta hace poco era un ejemplo de la civilización industrial. El balance social es terrorífico, ya que son unas 10.000 las personas involucradas, de forma directa o indirecta, en esta crisis, de las cuales unas 2.000 perderán algo más que su puesto de trabajo, también una parte de su patrimonio, que habían invertido en la empresa de la que eran socios.

El remate final de todo este drama lo ha puesto la propia Corporación Mondragón al afirmar en un comunicado oficial el pasado miércoles, tras rechazar implicarse en la solución de la crisis, que “el proyecto Fagor no responde a las necesidades del mercado”. Un epitafio que roza el esperpento. Fagor no se lo merecía.