Minas, la muerte que no cesa

La mina ha vuelto a pasar la trágica factura de su actividad. Varios muertos por una explosión de gas grisú en una explotación subterránea carbonífera en las cercanías de León. La gravedad del accidente es alta y hay que retrotraerse al año 1995 para encontrar en el mítico pozo San Nicolás, en Mieres (Asturias), una lista de víctimas tan elevada y por similar motivación, un escape de gas, tan habitual en las minas del norte de España debido a la compleja estructura de los yacimientos, que tienen entre sus características principales la dispersión de las vetas de carbón, con el consiguiente elevado coste de extracción, la bajísima productividad comparativa con las explotaciones a cielo abierto y desde luego el alto riesgo en vidas humanas y en ese otro peligro que mata con sigilo pero que causa muchas más muertas silenciosas, la silicosis, la típica enfermedad profesional del minero de explotaciones subterráneas, que deja fuera de actividad laboral a muchas personas en edad muy temprana, bien por incapacidad parcial o por fallecimiento.

Cada accidente grave en la minería (los leves, con uno o dos fallecidos, son bastante habituales) resucita todos los sentimientos, en ocasiones encontrados y casi siempre inflamables, en torno a esta actividad, que son muchos, algunos de ellos difíciles de entender para el ciudadano común. Lo cierto, y ello se sabe desde hace ya varias décadas, al menos desde mediados de los años 70 del siglo pasado, es que el carbón español es prohibitivo en su coste, tanto por el derivado de los costes extractivos y la intensidad de la mano de obra necesaria (a los que hay que añadir los elevados costes de mantenimiento de las instalaciones, la maquinaria especializada necesaria y los gastos inherentes a la seguridad de las explotaciones mineras) como por los costes inducidos a través de la elevada contaminación que produce la quema de este combustible en las centrales eléctricas de carbón, en las que habitualmente el de producción nacional se mezcla en un 7,5% con el de otras procedencias.

La minería española del carbón ha sido objeto de numerosas reestructuraciones por causas muy diversas, sobre todo desde los años 80, entre ellas la creciente dificultad de encontrar trabajadores preparados para esta sacrificada profesión. La presencia de personal extranjero en las minas españolas ha sido bastante abundante desde hace ya bastantes años. El carácter poco competitivo de estas explotaciones (ya que las compañías eléctricas exigen altas subvenciones para quemar este carbón) ha ido recortando el empleo de este combustible y por ello del personal empleado, que apenas representa en la actualidad una décima parte del existente cuando se inició el proceso de ajuste a principios de los años 80.

Hoy, la minería del carbón, concentrada en las cuentas mineras de Asturias y León además de puntos aislados de Palencia o Teruel, apenas reúne a unas 5.000 personas. Es indudable que tienen una alta capacidad de convocatoria, ya que los argumentos económicos e incluso sociales que se suelen instrumentar a favor de su supervivencia son cada vez más difíciles de encajar en una economía moderna, competitiva y no contaminante. Sobre todo, cuando se trata de contemplar el futuro de las nuevas generaciones, de los hijos de los mineros. Adicionalmente, las presiones internacionales (Unión Europea, pero también algunos organismos medioambientales) nos empujan a gestionar la reducción de la minería del carbón a la mayor brevedad posible. Bruselas ha fijado ya incluso un calendario para impedir las ayudas de todo tipo al sector.

No es mucho lo que aporta la minería del carbón al balance energético del país, argumento que ha sido tradicionalmente el santo y seña de los adalides de la minería, que defendían a toda costa el apoyo y supervivencia de una de las pocas fuentes autóctonas de energía. Las nuevas energías renovables, el elevado peso de la energía de origen hidráulico en la Península y hasta la propia energía nuclear, han mermado en los últimos años la fuerza de este argumento del valor de la autosuficiencia energética, por desgracia imposible de alcanzar, por mucho carbón que extrajéramos de nuestras difíciles minas.