Cuando una empresa se muere

La copiosa literatura que estamos viendo en estas últimas semanas sobre el vigor, robusto o frágil, según los analistas, de la recuperación económica española se está tropezando con algunas noticias también relacionadas con el momento económico pero que muestran una cara bien distinta de la realidad. Se trata de los quebrantos empresariales, que en los últimos meses han acelerado su frecuencia de aparición debido a que varias crisis de compañías bien conocidas han llegado ya a extremos de penuria casi total. Nombres tan conocidos como Panrico, Sniace, Pescanova o Fagor han proliferado en las páginas de los diarios y en los espacios informativos de todos los medios de difusión.

Cuando una empresa se muere, algo importante de la vida española se resquebraja. Los cuatro nombres citados arrastran tras de sí una estela de perjudicados muy numerosa, que se traduce en miles de empleos, desaparecidos a veces de forma irreversible. Las cuatro empresas citadas ya no pertenecen a la crisis inmobiliaria española en sentido estricto, causante de multitud de quiebras y pérdidas de puestos de trabajo a partir del año 2008, que es cuando se destapan súbitamente los problemas de la economía mundial que sacuden en cadena a todas las economías desarrolladas. Si acaso Fagor, fabricante de electrodomésticos, podría considerarse como una víctima tardía de la drástica caída del número de viviendas en venta.

La crisis en general tiene bastante que ver con estos cuatro dramas empresariales, sin olvidar que en algún caso (Pescanova, sin ir más lejos) ha sido la deficiente gestión empresarial, al parecer incluso fraudulenta en algunos aspectos, la que ha puesto al en otros tiempos admirado grupo empresarial pesquero al borde del abismo. Cada una de estas crisis tiene, en todo caso, su propio diagnóstico y no resulta fácil encontrar rasgos comunes, aunque la flojera de la vida económica nacional ha aportado importantes dosis de dificultad a sus soluciones respectivas.

Pero hay algunas características que suelen darse cita de forma habitual en estos complejos procesos de crisis empresariales. La primera es indudablemente la falta de capacidad de diálogo entre los integrantes de la empresa, es decir, trabajadores y propietarios o, si se quiere, sindicatos y dirección. Llama mucho la atención la aparición de posiciones maximalistas en algunas negociaciones que se desarrollan a la hora de buscar una salida a una crisis empresarial, adaptando la compañía, en sus costes y estructura, a las nuevas condiciones que harían posible su supervivencia.

El seguimiento de los procesos de negociación en estos cuatro casos y en otros menos conocidos pero también importantes, algunos de los cuales han derivado en el cierre definitivo de empresas, está revelando un altísimo grado de intransigencia entre las partes enfrentadas y una presencia por lo general muy escasa por parte de las instancias arbitrales, especialmente representantes del sector público. La desaparición de empresas es una cuestión de alto interés nacional, sobre todo cuando se trata de compañías de cierta envergadura en cuanto a producción o empleo o productos que elaboran. Y por lo general el sector público y los políticos pasan del problema, miran para otro lado o mantienen posiciones de ambigua equidistancia para no verse políticamente perjudicados por el desenlace. El recurso a argumentos como el del rechazo a la nacionalización de la empresa, que resultaría en todo caso poco o nada recomendable, es bastante frecuente.

La falta de solución a algunas de estas crisis, que ya acumulan un volumen de pérdidas de actividad y empleo muy considerables a lo largo de los diez últimos años, ha ido cercenando el potencial empresarial español, en especial en el sector industrial, cuya labor resulta imprescindible para estimular la recuperación económica por la vía de las exportaciones. De esta crisis, el sector industrial va a salir seriamente dañado y empequeñecido, uno de los rasgos que en mayor medida van a limitar el potencial de nuestra salida de la crisis.