Los impuestos no dan para más

En las últimas semanas estamos escuchando con reiterada frecuencia el alto grado de insatisfacción que se ha extendido entre los diversos estamentos económicos en relación con la escasa recaudación fiscal que aportan las subidas de impuestos. Varias subidas de tributos, a las cuales se encomendaba el Gobierno para cumplir con los objetivos de reducción del déficit, parecen haber pinchado en hueso.

Se podría argumentar que España habría llegado al nivel máximo de saturación y hartazgo fiscal, aunque las cifras (en especial el dato de presión fiscal efectiva sobre el PIB) nos dicen que estamos aún por debajo, unos cuantos puntos, de la media de la Unión Europea. Se puede añadir que las subidas de impuestos de estos dos primeros años de Rajoy al frente del Gobierno fueron bruscas e inesperadas, fuertes en algunos casos, y que la disciplina tributaria y fiscal ha hecho aguas.

Con el papel de los impuestos existe un alto grado de insatisfacción y no sólo por el hecho de que hay que pagarlos, en detrimento de la renta de personas y empresas. Por ejemplo, los impuestos no recaudan lo suficiente si se analizan las bases fiscales a las que van dirigidos. Los técnicos de Hacienda calculan unas previsiones recaudatorias, que aplican cuando suben los tipos de gravamen. La realidad con la que se encuentran al cabo del tiempo dista bastante, sin embargo, de lo estimado. Hay subidas fiscales de reciente factura que están cosechando ingresos que apenas cubren el 20% de lo previsto en los ejercicios teóricos de recaudación. Y ello no siempre obedece a fraude fiscal. Hay una reacción adversa entre los afectados que retrae su actividad y desmonta la fiabilidad estadística de las estimaciones de recaudación, que al final no se cumplen ni de lejos.

Además, los impuestos están creando distorsiones en la conducta de algunos agentes económicos y en algunos sectores. Una de las reticencias que más se han manejado con ocasión de las últimas subidas fiscales ha sido la de los tipos reducidos o superreducidos, asunto inflamable socialmente pero que afecta a amplios sectores de la economía, el turismo, sin ir más lejos. Hay, según algunos, una subvención encubierta por esta vía hacia algunos sectores.

Pero los argumentos se pueden retorcer: es lógico que España tenga un tipo reducido para su principal actividad económica y gracias a ello se logra vía volumen lo que quizás no se lograría vía fiscalidad reforzada. A la postre, el dilema entre turismo de masas o turismo de élites.  Es decir, si España bate récords de turismo (como está sucediendo este año) es porque el sector está adecuadamente subvencionado y genera tal volumen de recaudación fiscal que vale la pena no subir tipos fiscales para esta actividad si con ello se mantiene la intensidad de la afluencia turística, con el benéfico impacto consiguiente en la actividad económica, el empleo y a la postre también en la recaudación fiscal. Se podría intentar una simulación de coste/beneficio: cuantos impuestos genera el turismo y cuál es el coste de los tipos superreducidos aplicados a esta actividad.

En la fijación de impuestos siempre existe este debate: recaudar más elevando los tipos o recaudar más bajando los tipos y estimulando la generalización y universalización del tributo, así como el crecimiento de la actividad que lo soporta. Es una respuesta difícil, pero en el caso del turismo español, las cifras parecen avalar más bien la posición de dejarlo como está.

Pero, al margen de este caso puntual (aunque de gran incidencia en la economía y la sociedad españolas), el debate fiscal que necesita el país debería convertirse en una prioridad. Ya hay una comisión de expertos a la que se le ha encomendado la tarea de arrojar luz sobre el tema y lanzar propuestas, con fecha límite a finales de febrero del año 2014. Esperemos que su clarividencia nos ayude a resolver este escollo con el que tropieza una y otra vez el país y los sucesivos Gobiernos.