Qué hacen los sindicatos

El fuerte deterioro del mercado de trabajo español en los últimos dos años está empezando a salir reflejado en algunos informes emitidos por el sector privado. Hay un retraso considerable en las estadísticas que en estas circunstancias se hace más incómodo porque difumina la capacidad de adaptación de los agentes sociales a la realidad, retrasando más allá de lo razonable la adopción de medidas de corrección. La sensación bastante generalizada que tenemos los españoles de uno año para acá es la de que los recortes salariales han alcanzado unas dimensiones considerables, lo que explica asuntos como el permanente retroceso del consumo o la intensificación de los fenómenos de exclusión social en algunas zonas del país y en algunos sectores sociales.

Los datos que ha emitido este jueves un informe elaborado por Adecco e Infoempleo anticipan el fuerte frenazo que ha experimentado la remuneración salarial, que habría sido del orden del 4% durante el pasado año. Están siendo muy numerosas las empresas que han aprovechado la reforma laboral para pactar con los trabajadores un nuevo orden de cosas para bajar los costes empresariales totales mediante un recorte del salario abonado, asumiendo en paralelo un compromiso de menor destrucción de empleo. Es decir, cambiar ajuste salarial por el máximo de ocupación. La nueva situación refleja su estado de precariedad también en el hecho de que los salarios que se ofrecen en la actualidad a quienes acceden a un empleo están en torno a un 30% por debajo de los que perciben los trabajadores instalados. Rescatando viejas (no tan viejas) recetas, cabe preguntarse si no habría sido todo mucho más fácil si en algún momento del pasado reciente hubiéramos realizado (de ser posible) una devaluación cuando menos del 20%.

De no haberse aplicado en muchas empresas españolas este pacto de ajuste salarial, las consecuencias sobre el mercado de trabajo habrían sido tremendas y posiblemente estaríamos hablando de un nivel de paro superior a los 6 millones de españoles, en su mayor parte con edades inferiores a los 35 años. El papel de los sindicatos en esta masiva componenda ha sido bastante responsable y muy distinto al de etapas anteriores, cuando la congelación salarial constituía una auténtica declaración de guerra. En estas circunstancias económicas caracterizadas por una acusada debilidad de la demanda interna, los sindicatos, en especial los dos grandes, han optado por una estrategia de perfil generalmente bajo, apenas interrumpida por las dos huelgas generales de estos últimos meses, cuya afluencia ha sido además claramente decreciente.

Los sindicatos posiblemente han pensado que las tendencias que se están viviendo en la economía española y en otras economías cercanas aconsejan una respuesta bastante templada. Las voces reivindicativas se han ido apagando en los últimos meses de forma manifiesta, quizás como consecuencia del escaso impacto que han tenido las huelgas generales de estos últimos meses. Las huelgas generales en España tienen una gran tradición y algunas de ellas, como la que tuvo que soportar Felipe González a finales de los años 80, han logrado inducir giros trascendentales a la vida pública.

Es asombroso comprobar, por contra, la escasa relevancia política que han mostrado las dos últimas convocatorias, tomando también en consideración la gran fiesta del 1 de mayo, que este año ha quedado bastante desdibujada a pesar de que nunca habrá habido tanto motivo como el que hay ahora mismo para mostrar el descontento de los trabajadores. El papel de los sindicatos quizás no pueda ser ya el mismo en el futuro. Esta crisis está demostrando, más que un papel muy moderado de estas organizaciones representativas de los trabajadores, el anticuado manual de uso que los sindicatos manejan en las presentes circunstancias y su escasa clarividencia para afrontar los retos que la situación actual plantea. Los sindicatos no han sido capaces de elaborar una alternativa creíble y negociable, realista y aplicable, con la que sentarse a dialogar con políticos y empresarios. Bien es verdad que tampoco parece tenerla la CEOE. Y que la del Gobierno y la oposición brilla por su ausencia y más parece, en el caso concreto del Gobierno, una máquina de hacer informes de adaptación a las consignas y sugerencias, cuando no imperativos, que llegan desde Bruselas.