España, inversión tóxica

Invertir en España, en el mercado español, se está convirtiendo en una aventura de riesgo. Invertir siempre implica asumir algún tipo de riesgo, pero los que acechan últimamente a los inversores que se adentran en la jungla española son palabras mayores. Empiezan a ser ya demasiados los que, llegados desde fuera bajo el influjo de proyectos empresariales atractivos, se tienen que ir casi con lo puesto y no siempre porque el proyecto empresarial se haya malogrado por vicisitudes del rumbo económico sino porque los gestores han desatendido elementales normas de buena gestión. Estos días vivimos bajo la zozobra de dos casos particularmente dañinos, el de Bankia y el de Pescanova.

El primero, con mucho el de mayor envergadura, es un caso de ámbito más doméstico que exterior mientras el de Pescanova atañe a inversores de muchas latitudes, aunque quizás se trate de un problema mitigado por la menor dimensión de la compañía pesquera. Pero, grande o pequeño, todo lo que sea adentrarse en la jungla de los mercados españoles es una invitación a la aventura y a finales imprevisibles, generalmente con sesgo negativo. No es nada bueno el rastro que dejan tras de sí estos despropósitos, que así habría que llamarlos casi antes que fracasos empresariales, que también lo son.

Dice la presidenta de la CNMV (supervisor público de los mercados y en calidad de tal garante de las buenas prácticas y del juego limpio) que se va a mejorar el buen gobierno de las empresas y que con eso se habrá andado mucho en la buena dirección. Ha ido incluso un poco más allá, al señalar que casos como los que vivimos quizás podrían haberse evitado de haber existido normativas más precautorias y autoridades reguladoras mejor equipadas. Es una afirmación voluntarista porque por mucho que se miren las cosas desde diversos ángulos, la trayectoria bursátil de Bankia es bastante difícil de entender. En Bankia ha intervenido mucha gente, profesionales de mucho nivel y dilatada experiencia. Y lo menos que se puede decir de este asunto es que a todos se les han ido los acontecimientos de las manos.

Ha sido calamitosa y fraudulenta la odisea de emisión y gestión de los títulos preferentes, que están a punto de causar daños de miles de millones a los afectados, por lo general gente modesta, a los que una y otra vez se le están diciendo cosas difíciles de creer pero que sistemáticamente resultan negadas por la realidad casi de forma inmediata. Tras el asunto de los preferentes se encuentra la salida a Bolsa. Es otro disparate. Los dos, uno detrás de otro, han producido la mayor decepción y quebranto financiero de la historia económica de España, un asunto que nos ha retratado por desgracia con muy mal aspecto en los mercados internacionales.

Lo de la salida de Bankia a Bolsa y posterior actividad en el mercado, asunto que a día de hoy se puede considerar todavía como cuestión incontrolada (no hay más que ver el curso de la cotización), es una cuestión que podría haberse preparado con más sentido común. Convertir en éxito bursátil un desastre económico y financiero de elevada magnitud no se le ocurre a cualquiera.

Bankia ha recibido cantidades ingentes de dinero para fortalecer su capital, en torno a los 20.000 millones de euros, pero esa cifra no es suficiente para devolverle lo que más necesita una empresa cotizada, el respeto del mercado. Hay poca gente convencida de que Bankia va a volver fácilmente a los beneficios y va a estar en condiciones de responder a la devolución de sus deudas. Causa todavía mayor asombro y preocupación constatar cómo había en el país gente suficientemente preparada para prever lo previsible. Las recientes declaraciones de los tres principales banqueros españoles confesando que habían anticipado de antemano el desastre que se avecinaba, y diciéndoselo nada menos que al titular de Economía, no han sido tenidas en cuenta de forma irresponsable. Eran diagnósticos posiblemente desinteresados y desde luego aportados por personas que saben y sabían de lo que hablaban, pero sus razones no fueron tenidas en cuenta. Les han hecho perder el tiempo y no les han hecho caso. ¿Para qué les llamaron?

En esta hora de vivas al buen gobierno y de fe creciente en los códigos de conducta empresarial, como si antes no hubieran existido estos manuales (quizás no escritos, pero sí vigentes) de buenas prácticas, habría que asumir que no todo se arregla con buenos manuales y brillantes leyes. Hay algo más que impregna la buena cultura empresarial y que por desgracia se ha echado en el cajón del olvido durante la reciente etapa de euforia económica.