El Plan que nunca existió

A Rajoy no sólo le ha faltado la escenografía (que quizás era lo de menos), también ha fallado estrepitosamente en el contenido. No hay nada en el pretendido Plan Nacional de Reformas del pasado viernes que destile la más mínima dosis de creatividad, de novedad, de apuesta por el futuro. Desde luego, nada de lo anunciado va a animar a los inversores a apostar por un país que se resigna a mantener un cuarto de su población inactiva en los próximos cuatro años (¿aguantaremos?) y en el que los impuestos vuelven a subir sin que se perciba el más mínimo atisbo de recorte del gasto. Y, por si fuera poco, en el que la deuda pública está a punto de recibir un nuevo visto bueno de Bruselas, para hacer más cómodo y dilatar el cumplimiento del objetivo de déficit, todo ello a costa de acelerar el aumento del endeudamiento público. Es sorprendente que Bruselas, a cambio de tan escasas muestras de cambio en la política económica, acceda a dilatar el tiempo de cumplimiento de unos objetivos que serán cada año más difíciles de cumplir por una razón fácil de entender: si la economía no crece, no habrá ingresos fiscales suficientes.

Los nuevos castigos fiscales a las empresas (recortes en Sociedades) y a los particulares (más impuestos especiales y un amenazante impuesto sobre los depósitos, que nadie sabe todavía en qué consistirá, pero que suena inquietante y hasta chipriota, además de la prórroga un año más del escalón adicional de tipos de gravamen en el IRPF) no son los enunciados principales de un ilusionante plan de relanzamiento de la economía. Nada más lejos. Ya el viernes se vio que los mercados reaccionaban con frialdad y con menosprecio a la vaciedad de las declaraciones del trío de ministros que salió a dar la cara, en ausencia una vez más del propio Mariano Rajoy, que en casos como este, que había sido presentado como un golpe de efecto para ilusionar a los agentes económicos y a las autoridades de Bruselas, debería dar la cara con objeto de exponer sus intenciones. Si el propio presidente del Gobierno se esconde y da escasas muestras de creer el plan que ha presentado, difícil será esperar que lo crean los demás.

En definitiva, no hay reformas. Más aún, las que se habían ido anunciando en los últimos meses siguen sin clarificarse. Todo parece una gran operación cosmética para persuadir a Bruselas de que debe acomodar sus exigencias de control del déficit presupuestario español a las posibilidades reales de este Gobierno de ir suavizando poco a poco el grandioso déficit que nos embarga. De momento, Rajoy parece tener solamente un arma de política económica, la espera. Es decir, esperar a que el tiempo pase y, con él, bajen los tipos de interés y el Estado pueda ahorrar dinero en la financiación del déficit.

Pero es una ilusión cargada de equívocos, porque el ahorro en el coste financiero del Estado se está viendo malgastado a causa de la subida del stock de deuda pública. Es decir, hay cada vez más deuda pública que financiar y esto es como una carrera, a ver quién añade más leña al fuego, si la deuda aumentando de volumen (camino del 100% del PIB) para exigir una mayor tarea de emisión de títulos y por lo tanto un mayor nivel de costes financieros o los mercados conformándose cada vez con menores retribuciones por prestarnos dinero.

Esta esperanza es vana por una sencilla razón: a medida que aumenta el stock de deuda, es decir, el dinero que está anotado en nuestro balance económico como deuda (en buena parte, frente al exterior), se incrementa la precaución de los inversores, que suele traducirse en rebajas de la calificación por parte de las agencias internacionales. El Gobierno debería enfrentarse cuanto antes a la realidad del déficit público, que está trasladando costes crecientes al capítulo de gastos públicos. Se sigue jugando con la falacia de que la caída de la prima de emisión está recortando nuestros gastos financieros. Es una verdad imperfecta.

Es verdad que al reducirse el tipo de interés, el coste medio de la deuda desciende y por ello el país “ahorra” gastos financieros. Pero la verdad final es que, al tener más deuda en circulación (porque cada año se le añade el importe del déficit del ejercicio), los costes financieros totales se disparan, por mucho que el coste medio de la deuda muestre una tendencia bajista. Estas cosas las sabe el Gobierno perfectamente, aunque siga empeñado en difundir el mensaje de que la caída de la prima de riesgo está abaratando nuestra deuda pública. En realidad, al pedir a Bruselas que nos “tolere” más déficit este año (un 6,3% del PIB), lo que está haciendo el Gobierno es ponerse una soga más para reforzar el ahorcamiento de la economía. La deuda española no puede ser eternamente financiable, independientemente de su volumen. Eso se lo han tolerado los mercados a Estados Unidos y a Japón. Pero nada de eso será posible en la economía española, porque ni somos la primera potencia económica del mundo ni tenemos la tasa de ahorro interna que tiene Japón para financiar a su Estado.